Fin de curso

OPINIÓN
Pedro Bohórquez Gutiérrez

Lo peor de todo es corregir, un trabajo fastidioso encaminado a aprobar al mayor número de alumnos posible, un propósito desalentador y que provoca mucha fatiga mental, que choca, en primer lugar (tiene uno la sensación), con el empeño, la resistencia y los obstáculos, más o menos conscientes, de los propios beneficiarios de esta actitud de benevolencia resignada, empecinados –bajo el dominio de no se sabe qué demonio– en hacer las cosas mal y cada vez peor en cada «repesca». Aunque un amigo, ya jubilado de estos lances, defiende que ese empeño (y el daño sobre la salud mental del profesor) es plenamente consciente en quienes lo sostienen.
Apuestan estos beneficiarios –ahora lo veo un poco más claro– por una nueva modalidad de aprobado, el que se obtiene por medio de agotar la paciencia del examinador y exacerbar el deseo de este de perder de vista al alumno que tanta energía y tanto tiempo le hace consumir. ¡Qué ingratitud! ¡Cuánta tortura ocasiona esa crueldad gratuita, fruto de la ignorancia, esa aliada del mal! ¡Cuánto derroche de energía y tiempo por parte del maestro para aprobar al mayor número de alumnos, a todos, si fuera posible, como lo sería fácilmente si estos no se empeñaran en frustrar los buenos propósitos de tanta benevolencia derrochada! Sobre todo en estos tiempos en los que la nueva pedagogía que pregona proponerse lo contrario condena al profesor a convertirse en examinador a tiempo completo. Sí, sobre todo en estos tiempos de permanente revolución pedagógica en los que de examinar, sin otro rasero que el que cada profesor libremente imponía bajo su autoridad, se ha pasado a unos métodos de «evaluación» cada vez más complejos y sofisticados en los que la nota es el resultado de arcanos y crípticos procesos informatizados, de manera que esa aberración, el examen, ha sido sustituida por otra mayor que va camino de convertir toda el proceso de enseñar en un permanente estado de examen, por mucho que la nueva corrección pedagógica se empeñe en simularlo bajo una jerga en perpetua renovación, cuya mayor y quizá única virtud consiste en cambiarlo todo para que todo siga igual. De examinar sin tener que rendir cuentas, pues la infalibilidad era considerada un atributo de quien detentaba la autoridad que otorga el saber, al socaire de la revolución pedagógica permanente (plasmada en esa sucesión mareante y vertiginisa de leyes educativas fruto del último cacareo que las inspira), el profesor ha pasado a verse obligado a justificar el suspenso ante la sociedad para derivar, en la hora presente, a tener que justificar el aprobado ante su conciencia. No sé qué es más difícil y tiene más costes para su equilibrio mental. Un aprobado, por otra parte, en vías de imponerse definitivamente, aunque perviva, bajo otros nombres más eufónicos, el cada vez más claramente simulacro de examen.
Así que mientras tanto voy sacando adelante el trabajo de examinador a empujones y bajo el apremio de los plazos ineludibles, y la esperanza de la llegada de ese momento, tan cercano y a la vez tan lejano, de soltar las amarras.

"... La nota es el resultado de arcanos y crípticos procesos informatizados".
“… La nota es el resultado de arcanos y crípticos procesos informatizados”.

 



 

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