Concurso de pintura rápida al aire libre: simbiosis

OPINIÓN
Pedro Bohórquez Gutiérrez

Con la instantánea en la que aparecen simultáneamente en una calle del casco antiguo de Ubrique, de cuyo no me acuerdo, dos pintores, uno de brocha gorda encima de un andamio y otro ante un lienzo, mi intención no era hacer un chiste facilón. Pretendía sugerir una reflexión o invitar a ella. Cuando hablo de simbiosis no es para hacer un chiste malo por obvio a partir de la polisemia del término pintor, abarcador tanto del de brocha gorda y andamio como del fino y artístico.
Trato de subrayar lo que me parece una realidad: el concurso de pintura rápida de Ubrique está contribuyendo a una revalorización de su casco antiguo. Desde hace más de dos décadas -primero como iniciativa de un grupo de amantes de pintura; luego, desde hace diez años, organizado por el Ayuntamiento y dedicado, desde su prematura desaparición hace cinco, a la memoria del pintor ubriqueño Pedro Lobato, que con su presencia ineludible y su calidad artística contribuyó a proyectar el certamen-, el ya veterano concurso de pintura rápida de Ubrique concita a un centenar aproximado de pintores llegados de muchos puntos de la geografía del país en el casco histórico que se convierte en objeto y motivo de inspiración artística, aprovechando las infinitas posibilidades y perspectivas que le ofrece su pintoresquismo de pueblo blanco. Y esta circunstancia, no cabe duda, contribuye a un cuidado y conservación del mismo, muy necesarios como salta a la vista, sobre todo ante su tendencia a la despoblación y su abandono como hábitat.
La autoridad se compromete en adecentar sus calles y fachadas al menos una vez al año, cuando llegan estas fechas y el blanco, deslucido por las lluvias invernales, vuelve a refulgir bajo el azul intenso de un día luminoso y perfecto, como el de ayer, que realza sus muchos atractivos estéticos, y los vecinos toman conciencia de que el laberinto de pendientes plagado de recoletos rincones de silencio, en los que se adensan los olores de la variedad de plantas que hacen de la calle jardín, y por el que transcurren sus trabajos y sus días, es un lugar único.
La mirada de los pintores, foráneos o no, transmuta la de los vecinos y el cuidado tradicional del enlucido no solo fomenta sino que parece redoblar el esmero y el gusto que, como pude observar, cuando se me ocurrió aprovechar la coincidencia para hacer la instantánea, el pintor de fachadas pone en su labor, un esmero, consciente de que su tarea bien hecha contribuye a esa belleza (donde la blancura con sus sombras y luces cubistas es esencial) que el pintor de brocha fina se esfuerza (y no uno, sino un ciento) en plasmar en su lienzo.
Simbiosis porque la labor de uno alimenta la del otro, y porque de ambas tareas (hechas con aspiración a la perfección o al menos a lo bien hecho) todos salimos beneficiados: los vecinos que allí viven, a pesar de la incomodidad, y los que tenemos el privilegio, sin ser siempre conscientes de ello, de pasear cuando queramos por ese dédalo lleno de sorpresas para quien quiera y sepa verlas.
Simbiosis porque artistas lo son, o se aproxima a esa condición, tanto el trabajador que hace bien su trabajo y de ello obtiene satisfacción como el pintor que acrecienta y ensancha y ahonda con su labor creativa la realidad y nos hace más consciente de su belleza.

Simbiosis en el concurso de pintura del casco antiguo.
Simbiosis en el concurso de pintura del casco antiguo.



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