Opinión: el PSOE del siglo XXI

OPINIÓN
Teodoro Leo Menor

El primer punto de inflexión en el devenir histórico del PSOE, el partido de mayor tradición y más antiguo de la política española, se produce en la primavera de 1921, cuando la Comisión Nacional del partido sometió a debate los informes presentados por los socialistas Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano, comisionados a Moscú a finales de 1920, donde, tras visitar talleres, fábricas, centros educativos, universidades, museos y teatros, cambiar impresiones con líderes sindicales y anarquistas y entrevistarse con Lenin y Trotsky y otros destacados líderes comunistas, expusieron su particular visión de la revolución bolchevique y analizaron las 21 condiciones impuestas por Lenin para ingresar en la III Internacional.
Fernando de los Ríos (catedrático de Derecho) expresó la deriva totalitaria y antidemocrática de la Unión Soviética, exhortando a la dirección del PSOE a no aceptar, bajo ningún concepto, las condiciones de la Komintern. Daniel Anguiano, por su parte, informó favorablemente al ingreso inmediato del partido en la III Internacional.
La votación final, aunque por escaso margen, se decantó a favor de la tesis de Fernando de los Ríos y ello propició dos hechos históricos: a) Por un lado, el PSOE no aceptó los 21 puntos de la Komintern, declinó entrar por tanto en la Internacional Comunista y reivindicó su particular hoja de ruta para llegar a la sociedad socialista. b) Por otro, Daniel Anguiano y otros miembros del PSOE, frustrados por la decisión, abandonaron el partido y, tras varios pasos previos, la creación sucesivamente del Partido Comunista Español y Partido Comunista Obrero Español, fundaron el Partido Comunista de España (PCE).
El PSOE fue fundado en Madrid en 1879 en la taberna Casa Labra por el tipógrafo Pablo Iglesias y otro grupo de socialistas, destacando dieciséis tipógrafos. Pero no fue hasta 1910 cuando el PSOE obtuvo su primer diputado en el Congreso nacional, Pablo Iglesias, presidente del PSOE y de la UGT (sindicato que también había fundado en 1888) durante 35 años.

Placa en la fachada de Casa Labra.
Placa en la fachada de Casa Labra.


Fernando de los Ríos, reconocido demócrata y adscrito al humanismo marxista, criticó el colaboracionismo del PSOE con la dictadura del general Primo de Rivera (ciertamente una estrategia para conseguir la hegemonía de la UGT en detrimento del mayoritario sindicato anarquista). Al mismo tiempo, De los Ríos propugnó la necesidad de colaborar con los partidos republicanos en el proceso puesto en marcha por el Comité Revolucionario para derribar la Monarquía y proclamar la República. Proclamada la República, Fernando de los Ríos, tres veces ministro en el primer bienio y colaborador de la redacción de la Constitución republicana aprobada en diciembre de 1931, fue un firme partidario de las reformas emprendidas, reformas profundas pero alejadas de maximalismos revolucionarios. En este sentido, De los Ríos se encontraba ideológicamente más alejado de las tesis revolucionarias de Francisco Largo Caballero y más favorable a los planteamientos socialdemócratas de Julián Besteiro y la ambigüedad calculada de Indalecio Prieto.
Fernando de los Ríos abogaba por poner en marcha profundas reformas que modernizaran España y la sacaran de su retraso secular, pero en el marco de una República democrática y plural en la onda de las democracias europeas occidentales.

Las diferentes “sensibilidades” dentro del PSOE, residenciadas en sus líderes más destacados, Julián Besteiro, Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero, así como la lucha frontal por conseguir la hegemonía sobre el proletariado español (especialmente el proletariado agrícola, de ahí la Reforma Agraria con tanto ahínco defendida por Largo Caballero), no favorecieron, ni mucho menos, la consolidación de una República española que encontró diversos enemigos desde el mismo día de su proclamación. Por un lado, las fuerzas de la izquierda, que veían a la República, desde las sensibilidades más radicales, como un mero instrumento para llegar a la ansiada sociedad socialista, y, por otro, las fuerzas reaccionarias de la derecha, los monárquicos, la Iglesia Católica, las élites burguesas con la burguesía agraria a la cabeza y un importante sector del ejército de extracción africanista, que en modo alguno aceptaban perder sus ancestrales privilegios en la órbita de la Corona.
La Revolución de octubre de 1934 en Asturias (que llevó a Indalecio Prieto en su ya exilio mexicano a reconocer su fracaso y el tremendo error histórico cometido) y el mantenimiento de las “sensibilidades” internas hasta el mismísimo inicio de la guerra civil, fueron un lastre para un partido histórico que pudo haber llegado a la primavera de 1936, tras las elecciones generales de febrero, en una posición de liderazgo político alejado de aventurismos tutelados por la Komintern. La eclosión comunista en julio de 1936, un partido irrelevante en el quinquenio republicano desdibujó el protagonismo durante la guerra (y después de la guerra) de un partido histórico que debió haber apostado por el pragmatismo, las reformas (profundas, pero reformas necesarias para modernizar y sacar a España del analfabetismo y la pobreza endémica) y la vía del pluralismo democrático y nunca por la revolución.
El exilio supuso, asimismo, la irrelevancia para el PSOE, significándose mucho más el PCE (sobre todo tras su manifiesto de concordia de 1956), el cual llegó a 1977, ya legalizado, con la pretensión de disputar al PSOE la hegemonía de la izquierda en el nuevo escenario democrático que se avecinaba.
Y de nuevo se produjo otro punto de inflexión en la historia del PSOE. Abandonados los maximalismos mantenidos hasta el Congreso de Suresnes en 1974 (entre ellos el derecho de autodeterminación de los pueblos de España) y abandonado el marxismo como ideología del partido en el Congreso extraordinario de 1979, los ideólogos de un nuevo PSOE emergen con fuerza en la política española: Felipe González y Alfonso Guerra, probablemente los dos más grandes estadistas del siglo XX español. Así, un PSOE plenamente socialdemócrata, arrasa en las elecciones de 1982 y vuelve a dejar al PCE en la irrelevancia política (partido que, no obstante, fue uno de los grandes baluartes para la consolidación de la democracia en España), avalado Felipe González por los líderes de la socialdemocracia europea, Willy Brandt y Olof Palme (no tanto Mitterrand que en esas fechas todavía se decantaba por sus simpatías a la vieja guardia socialista). Felipe González, Alfonso Guerra y otros conspicuos líderes socialistas de aquellos años emprendieron las grandes reformas aparcadas tras el “fracaso” de la Segunda República, y consiguieron en unos años transformar y modernizar a este país como jamás había ocurrido en toda la historia.
No es de extrañar, por tanto, la perplejidad de los padres (con otros importantes líderes socialistas) del nuevo socialismo español (una moderna socialdemocracia), Felipe González y Alfonso Guerra, los cuales no pueden entender que la tradición histórica del PSOE, que supo romper todo lazo con la Internacional Comunista (Fernando de los Ríos en la memoria) y con los nacionalismos rupturistas, en un nuevo punto de inflexión (en este caso en sentido negativo), se haya desecho como un azucarillo al elegir como compañeros de viaje precisamente a los que quieren marcharse del proyecto común español (la última letra de las siglas del Partido Socialista) y a los comunistas que, a diferencia de aquellos de 1978, pretenden finiquitar la inconmensurable obra de la Transición, unos compañeros de viaje que ya dijeron adiós a la casa común del PSOE en 1921, con unos presupuestos ideológicos, políticos y de modelo territorial del Estado en las antípodas de esa tradición socialista.

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