Caballero Bonald, in memoriam

OPINIÓN
Teodoro Leo Menor

Caballero Bonald.
Caballero Bonald.

Ha muerto, a los 94 años, José Manuel Caballero Bonald, poeta, novelista y ensayista natural de Jerez, hijo de cubano y ascendencia materna francesa.
He admirado a este poeta por la profundidad del mensaje de sus versos, impregnados de barroquismo. La poesía, según Caballero Bonald, “tiene un carácter paliativo y consolador ante los trastornos y el desánimo de la historia”; y también dijo: “El que no tiene nada que aprender es que está muerto”. Perteneció a la generación poética del 50 o de “los niños de la guerra”, junto, entre otros, a Maria Victoria Atenza, Francisco Brines, Carlos Barral, Ángel Crespo, Antonio Gamoneda, Manuel Ríos Ruiz, Julia Uceda… Caballero Bonald fue un luchador antifranquista y, aunque simpatizó con el Partido Comunista, nunca estuvo afiliado a ese partido.
Fue Caballero Bonald un flamencólogo, un gran estudioso del flamenco. Residenció las esencias del flamenco en el hogar gitano y estableció, a mi entender, la más lúcida teoría sobre el concepto de “duende”, al afirmar que el “duende” surge en la comunión del cantaor con el que escucha, ese momento místico y único que está en una dimensión diferente a la definición de “duende” en Federico García Lorca. García Lorca ubica el “duende” en el cantaor gitano, los “sonios negros”, los ríos de sangre del arte recorriendo las arterias de Manuel Torre como paradigma del éxtasis flamenco. Y acertó Caballero Bonald, y así lo corroboró el gran cantaor “Agujetas de Jerez” cuando negó tres veces la teoría de los “sonios negros” en una entrevista periodística. Pero ¿y si las dos teorías, la de Caballero Bonald y la de García Lorca, fueran ciertas?


A mi entender, Caballero Bonald debió haber recibido el premio Nobel de Literatura, no sólo por su inmensa obra donde se entrelazan la literatura, el flamenco y el mar, sino también por la profundidad de su mensaje y un dominio como pocos de la lengua española.
Cuando le dieron el Nobel de literatura al músico estadounidense Bob Dylan alabaron, como justificación, “la belleza sensorial, su cripticismo, su ritmo y su destreza con el lenguaje”, como si esos atributos no los tuviese nuestro poeta en cantidades industriales.
Qué pensarán, desde el más allá, Leonard Cohen y Caballero Bonald, ahora juntos, huérfanos de un premio que siempre merecieron.

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