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La Casa del Pastor: crónica bucólica primaveral

OPINIÓN
Texto y fotos: Pedro Bohórquez Gutiérrez

Nos hemos venido al campo, en familia, huyendo de esta peste por unos días, como personajes de Boccaccio. Después de comer al aire libre, he subido al Cerro del Pastor, una no muy alta colina, primera de una serie sucesiva en la última de las cuales y más elevada se encuentra la casa desde hace un siglo.
La denominación Cerro del Pastor no consta en los mapas. Para mí que forma parte de una especie de heredada toponimia familiar, es decir, con un uso restringido y casi privado. A pesar de que se divisa desde allí, dentro de la amplia panorámica abarcable, un enclave próximo, a sus pies y visible en toda su extensión, con cuyo nombre se diría relacionado: la Vega de los Pastores. Pero, no. No hay relación entre uno y otro nombre, a pesar de la coincidencia. El pastor era uno y el Cerro del Pastor se llama así porque sobre él se elevaba una pequeña casa de una planta y una sola habitación con su pequeña chimenea, la Casa del Pastor, que da nombre al cerro, cuyas faldas recubre una espesa vegetación de acebuches, lentiscos y retamas, monte bajo, por entre el que sobresalen, acá y allá, dispersos, vetustos quejigos centenarios de grueso y musgoso tronco, que por estos días renuevan sus hojas de un verdor tierno y húmedo; raras encinas y un solitario alcornoque.

De la Casa del Pastor solo quedan los cimientos y el vestigio de una de las esquinas de sus muros.

De la Casa del Pastor solo quedan los cimientos y el vestigio de una de las esquinas de sus muros.


No es un lugar que frecuente. Queda a trasmano de la casa y del carril, arriba, en lo alto de la primera colina, y su acceso no hay vereda alguna que lo marque con claridad. Quizás por eso me gusta subir allí expresamente alguna que otra vez. A veces pasan años, así que no se puede decir que lo haga con frecuencia.
De la Casa del Pastor solo quedan los cimientos y el vestigio de una de las esquinas de sus muros. Como no voy a menudo, cuando la visito de tarde en tarde siempre la encuentro más pequeña que en mi recuerdo, pues la memoria tiende siempre a agrandar los lugares íntimamente vinculados a la infancia, por mucho que compruebe uno ya adulto sus precisas dimensiones. La casa, o su ruina, está cercada por un corral de piedra arenisca circular, antiguo aprisco de las ovejas, derruido en muchos de sus tramos. Se sienta uno en su centro y se ve rodeado por la cúpula del cielo por encima de un cinturón vegetal solo roto, a lo lejos, por la Sierra de Ubrique o por Sierra Blanquilla o, más próximo, por el Cerro Mulera.
Hoy un desfile interminable de nubes ligeras ocultaba en su viaje al sol, que aparecía y desaparecía por momentos. Después de una semana de viento de levante el suelo estaba duro y seco, y se sentía uno cómodo echado sobre la hierba, sin que la humedad de esta traspasase la ropa. Recibía la caricia tibia de un sol benigno, interrumpida de un modo brusco, al tiempo que se cernía la sombra sobre uno, por ráfagas de frescor y una sensación de frío que no acababa de cristalizar. A la par la brisa con su rumor de oleaje remoto movía las ramas de los árboles próximos.
Había un concierto de aves a mi alrededor, asordinado y discontinuo. Lamenté no saber descifrar su música, distinguir sus voces, salvo la elemental y misteriosa del cuclillo que me llegaba lejana, a lomos del viento desde las profundidades del bosque, o la algarabía loca de los abejarucos.
Cuando subo al Cerro de Pastor me suelo acompañar, aunque no siempre, por un libro. No sé. Las páginas que he leído allí, o en sitios similares, me dejan un recuerdo más duradero e imborrable. Y si es una lectura que obligue a poner en ella todos los sentidos, por su espesor, mejor.

Cuando subo al Cerro de Pastor me suelo acompañar, aunque no siempre, por un libro.

Cuando subo al Cerro de Pastor me suelo acompañar, aunque no siempre, por un libro.

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