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La naturaleza, un templo sagrado, virgen y frágil: opinión de Pedro Bohórquez

OPINIÓN
Texto y fotografías: Pedro Bohórquez Gutiérrez

Han sido cuatro días de retiro, lejos de todo, sin más compañía que la de mi familia. He paseado, mañana y tarde, por caminos poco transitados. He improvisado rutas. No he tropezado con los plásticos y las latas habituales de refrescos que jalonan, afean y ofenden el sentimiento estético y el placer que nos depara la inmersión en el paisaje, por las rutas que los alrededores de algunos pueblos blancos de la Sierra de Cádiz ofrecen.
Hablo de Ubrique que es el pueblo donde vivo y cuyos senderos más frecuento, pero podría referirme a otros. Por desgracia, los alrededores de algunos pueblos, las cunetas de sus carreteras y de sus senderos son auténticos estercoleros (de plásticos, preciso, pues el estiércol crea materia orgánica).

Traspasar las puertas del silencio en una naturaleza tan cercana

Traspasar las puertas del silencio en una naturaleza tan cercana.

Eludo los caminos más frecuentados y trillados por preferencia de aquellos en los que me sumerjo más pronto en el silencio, lejos de los ruidos del tránsito de carreteras próximas o de la actividad pueblerina. La experiencia es única y al alcance de todos: traspasar las puertas del silencio en una naturaleza tan cercana (a menos de un cuarto de hora a pie) y a la vez tan lejana por vivir de espaldas a ella la mayor parte de nuestro tiempo, aunque su presencia no se deja ignorar al sentido de la vista y se impone en sus vastos horizontes o en sus montañas, como se impone el mar en los pueblos costeros. Mirar de por sí el horizonte ya es un gozo sin precio. Saber que podemos traspasar las puertas del silencio nos consuela y nos brinda un anticipo del difícil sosiego. Es como si tuviéramos las llaves de un reino secreto que en algún momento aciago o de necesidad podemos abrir para recuperar la calma y la paz perdidas. Ya el hecho de saberlo nos hace bien y nos reconforta. Es uno de los dones de la Naturaleza para quien haya aprendido a adentrarse en sus soledades y escuchar sus sonidos olvidados: el rumor del viento, el concierto de los pájaros, el descubrimiento con los sentidos despiertos, en suma, de otras formas de vida que constituyen la Vida en su sentido primigenio.
Como digo me ha acostumbrado a internarme por rutas no transitadas o en otras, también alejadas, donde en cada ápice de terreno, en cada recodo de vereda, en cada rincón del bosque, en las piedras y en los árboles, anidan recuerdos de toda una vida: un minúsculo y familiar territorio de la vasta tierra que para mí es como libro en el que con paciencia puedo descifrar mi biografía, desde la infancia más remota.
Han sido cuatro días de retiro en estos lares familiares, en los que el paisaje es a la vez paisaje interior e íntimo, como digo, lejos de todo. Cuatro días en los que he sentido y gozado y recordado mucho durante frecuentes paseos, pero también en los que he ido recogiendo los restos (en forma de cartuchos de escopeta) de la profanación del templo sagrado que para uno es este trozo de naturaleza virgen y frágil.

Profanación del templo sagrado que para uno es este trozo de naturaleza virgen y frágil.

Profanación del templo sagrado que para uno es este trozo de naturaleza virgen y frágil.

 

Me ha acostumbrado a internarme por rutas no transitadas

Me ha acostumbrado a internarme por rutas no transitadas.

 

En las piedras y en los árboles, anidan recuerdos de toda una vida.

En las piedras y en los árboles, anidan recuerdos de toda una vida.

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