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Y el pueblo: relato de Julián Macías

OPINIÓN
Y el Pueblo
Por Julián Macías

Y en esa innegable influencia, en la que el alma humana reacciona creando belleza en todas sus manifestaciones, porque lo bello le circunda y le empapa, de tal forma, que hasta le obliga a reconocer que lo que no es belleza no es encanto sino oprobio, hemos intentado demostrar que la Plaza con su fuente, o el San Antonio, o la Sierra y, como no, también el pueblo, han sido los copartícipes necesarios para que el alma ubriqueña desarrolle su inmensa capacidad creativa en su artesanía hasta lograr la perfección, y por ende la belleza, que de una forma incontestable asombra al mundo. Y es que su blanco caserío también se gana a pulso el derecho a ser considerado un eslabón más de la cadena que con tanto primor encierra su belleza.

Basta recorrer algunas de sus recónditas callejas para comprobar que su modesta arquitectura, que serpentea y se extiende bajo la sombra protectora del Tajo, no solo ha resuelto el problema de su doble finalidad, la vivienda familiar y su obligatoria defensa, sino que aprovechando hasta el más mínimo resquicio, trata de complementar y engrandecer lo que de una forma natural y espontánea creó la Madre Naturaleza.Así es que, esos pequeños recodos, los salientes pedregosos, las diferencias de nivel de sus callejuelas, son adornados de arriates, asientos de maceteros, poyos para recuperar el resuello de sus viandantes, y que junto a ventanas y balcones profusamente adornados harán un inconmensurable vergel de inigualables colores de las más variadas plantas y flores, cuyos aromas inundarán su entorno de un aroma paradisíaco para solaz de moradores y asombrados visitantes.

Riada por un empedrado del casco antiguo.

Riada por un empedrado del casco antiguo.

Desde cualquier lugar de ellos, la contemplación del maravilloso paisaje que se divisa es tan asombroso que su diario disfrute haría olvidar, de seguro, la humildad de las pequeñas construcciones o las incomodidades que pudieran derivarse para los vecinos más desvalidos.
Las callejuelas que en un principio podrían resultarnos como innecesariamente tortuosas no hacen sino resolver el problema de la evacuación de las avenidas de cantos y lodo que las riadas, sumamente frecuentes, bajaban de la sierra, así como ofrecer un imperceptible plano inclinado para facilitar el tránsito de caballerías, único método de transporte de cargas por aquel entonces conocido. Sólo un par de calles romperán el serpenteo hacia arriba cortando de forma transversal su abigarrada estructura para facilitar, en épocas de bonanza, el paso de carretas que completarán el necesario abastecimiento de los artículos más pesados.
El entramado de casas, que no seguían una línea recta, que no era absolutamente necesaria, estaba compuesto por casitas de ventanas pequeñas para evitar las diferencias de temperatura, altos escalones de entrada que evitarían su anegación cuando las calles se convertían en arroyos que evacuarían durante varios días el abundante agua de lluvia que al colmatar los depósitos naturales de la sierra harían de ésta una maravillosa cascada, que se derramaba por doquier, de una blanquísima espuma que no hacía más que embellecer, aún más si cabe, su inigualable y bellísima imagen.
Y todas las casas, sin excepción, pulcramente encaladas a conciencia para evitar que los rayos solares las calentasen en exceso, cumplían además, un ancestral motivo ornamental junto al de las flores, cuando en los días septembrinos eran visitadas por la Santísima Virgen de los Remedios, su Excelsa Patrona, complementando su inmaculado aspecto con unas nuevas manos de la blanquísima cal, administrada con los gruesos pinceles de palmas, hasta no dejar sin acondicionar el más mínimo desconchón o rozonazo que afeara un tanto las ya de por sí resplandecientes paredes, en jornadas tan señaladas.
Y por si fuese poco lo aquí expuesto, para embellecer los sentidos, tanto de la vista como del olfato, colmado éste de los más variados y penetrantes aromas agrestes y embriagadores perfumes de miríadas de flores por doquier, que todo lo abarcaban, era muy arraigada la costumbre de muchos vecinos que, enamorados de la compañía de las avecillas que por aquí poblaban en gran número los campos y cielos serranos, enjaulaban y criaban con grandísimo cariño y esmero a éstas, y colgadas sus pequeñas jaulas a las puertas de las casas, inundaban todo el entorno de maravillosos e inigualables trinos y “chipiculios”, como por aquí se conocía el ancestro concierto pajaril, que como bella y delicada sinfonía se derramaba por todos los rincones para deleite y solaz de moradores y viandantes, completando gratamente el elenco de la representación más grandiosa de la fina estampa del acontecer diario de lo típicamente serrano.

El pavimento de sus agraciadas y bien pensadas y adornadas calles lo componía un empedrado de cantos redondeados, extraídos de los lechos de los ríos, que bruñidos del paso continuo de peatones y caballerías, acababan reluciendo como espejos en cuanto recibían los cálidos rayos solares. Es más, al ser tan frecuentes y abundantes las lluvias, que arrastraban infinidad de menudos canchos y guijos, en el silencio de la noche, en su peregrino camino que la fuerza de las aguas le forzaba en su arrastre, al chocar y rozar con el empedrado, sonaba como si una mano celestial e invisible estuviese pulsando las teclas de un imaginario instrumento musical produciendo un rítmico e inconfundible sonido que, junto al genuino sonido de la lluvia, conformaban ambos, el más cálido arrullo que imitarse pudiera, imposible para sus moradores sustraerse al encanto de tamaño murmullo para henchir de paz y felicidad sus ansiados y bien merecidos sueños.
Tan genuina estampa serrana ha dado también lugar al hecho, poco común, de ser un apéndice callejero de su afamada artesanía, cuando a las puertas de las casas las mocitas confeccionaban sus ajuares, cuando no, junto al resto de mujeres, provistas de sus afiladas leznas y encerados hilos, con la ayuda de unas cerdas en sus puntas, cosían con inexplicable perfección y esmero.
No han de faltar, pues, motivos para el más exigente pintor o el más sensible poeta de la contemplación de lo descrito, cada cual con su personal apreciación y vaya por delante mi pequeña aportación.

Para Ubrique

Ubrique, pueblo de encantos pleno:
El San Antonio y su espadaña,
esa Cruz que corona la montaña,
el cielo tan azul, puro y sereno.

Aire de aromas de flores lleno,
agua tan fresca que el vaso empaña,
piedras y cal forman su entraña,
toreros valientes su arte pleno.

Balcones de geranios y claveles,
colores de un paraíso terreno,
labores de ensueño en las pieles.

Espejo que al ojo no engaña…
su Virgen le acoge en su seno,
preciosa esta villa de España.

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