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Y ahora, la sierra ubriqueña: artículo literario de Julián Macías

Vista aérea de Ubrique.

Vista aérea de Ubrique.

OPINIÓN. Texto: Julián Macías Yuste

¿Habéis visto la Sierra con sus flores,
el Cielo de azul muy bien teñido,
el trueno y el eco del sonido,
del ave esas plumas de colores?…
¿La tarde de rojizos arreboles,
de aromas que nublan el sentido,
lo dulce por la abeja producido,
de mil fuentes del agua sus rumores?
¿Oísteis cantar los ruiseñores
y “al rasosereno” habéis dormido
con los lirios y los grillos más cantores?
¿Comisteis las gachas de pastores,
de olor de jara su pan cocido?
¿Dudáis de esta Sierra y sus primores?

Y es que la Sierra de Ubrique, en ese canto que a la Primavera estamos dedicando, tiene, indudablemente, una gran parte de protagonismo en los sofismos que pretendemos demostrar.
Bordeada por la fértil campiña gaditana, más bien como antesala del bastión montañoso de Grazalema y formando unidad con la Serranía de Ronda, se alza como caída del Cielo, en medio de la Campiña, esta maravilla, alta y rocosa, que rompe la monotonía del horizonte de la extensa llanura.
Es como un oasis de luces, color y esplendorosa barrera por su altura, que la Naturaleza ha colocado, frente al llano agrícola, este corazón agreste e impactante, como descanso del cuerpo y apropiado lugar para el soñar otros encantos, más íntimos, incluso indescriptibles, en muchas ocasiones, que el hombre, desde sus remotos orígenes, se esfuerza en compatibilizar, aunando lo simplemente material y necesario con la contemplación de la belleza y la afloración de íntimos sentimientos que ésta conlleva necesariamente.


A diferencia del resto de la Serranía, la que comprende a Ubrique, se caracteriza por sus exultantes tajos que rompen, necesariamente, la uniformidad de su agreste superficie. Peñascos sobresalientes sobre el escarpado roquedo que, cuando la luz que reciben del Sol y las sombras que ellos mismos proyectan, crean una sensación de esplendorosa grandeza de inigualable panorama. Y a todo esto sumaremos la extensa paleta de colores que Naturaleza creó para el lentisco, el algarrobo y demás arbustos y plantas aromáticas, sobre todo cuando están en flor, que como delicado tapiz cubre las rendijas y el suelo sobre el que se asienta esta rocosa superficie, consiguiendo, en su conjunto, la imagen de excelsa belleza, necesariamente “musa encantadora” para soñadores y poetas, y modelo inigualable para los pintores.
Y a sus pies, como acurrucada por la sensación de paz y tranquilidad que le brinda tan extraordinario refugio, y adonde el agua brota, pura y cristalina, de sus inagotables fuentes, se extiende el blanco caserío, que más que romper la uniformidad de su natural belleza contribuye en gran medida, a que todo el encanto natural que intentamos describir, sea aún más extraordinario y hermoso.