Un ejemplo de deforestación urbana: Ubrique, opinión de Pedro Bohórquez Gutiérrez

Deforestación en los márgenes del río.

Deforestación en los márgenes del río.

OPINIÓN
Un ejemplo de deforestación urbana: Ubrique
Por Pedro Bohórquez Gutiérrez

Ahora que intentamos sobrevivir a la canícula como podemos y que la evidencia del cambio climático se nos impone de una forma aplastante, no está de más recordar a mis convecinos que en nuestro pueblo, Ubrique, hubo un tiempo no muy lejano en que los márgenes del río del mismo nombre, a su paso por el casco urbano, estaban poblados por varias especies de árboles en algunos de sus tramos, aquellos que la voracidad urbanística de los setenta había dejado libres, y que un año tras otro han ido quedando menos ejemplares debido a una tala disimulada y sistemática.
Esta desaparición progresiva ha ocurrido en poco más de una década. Un año desaparecían algunos ejemplares en un punto; al siguiente, algo más allá; primero, algunos pies; luego otros, como si la tala respondiera a un plan selectivo para dar espacio a los mejores y más sanos ejemplares, lo que se conoce como entresaca. (No lo sé ni hablo como experto). Hasta que un día aciago de invierno, ese invento «nefasto», en palabras del naturalista Joaquín Araujo, que es la motosierra, remataba su siniestra labor destructiva.


Mientras tanto nadie parecía percatarse o muy pocos, dada la impunidad y la reiteración con que se actuaba, un año y el siguiente y en cualquier estación. Así hasta desembocar en el triste panorama que el río presenta hoy en su mayor parte: un canal pétreo cuya desolación llega a ser hiriente en verano, sin apenas vida alrededor. Tramos completos desarbolados alternan con otros donde escasean los árboles y los que sobreviven lo hacen como por un extraño milagro, no sabemos si con sus días contados dada la aparente ausencia de criterio de lo que parece un plan en el que lo aleatorio parece aliarse con el disimulo: la deforestación se nota menos que si se hiciera de golpe. Aunque el resultado es el mismo
¿Excusas para talar esos árboles? Supongo que las habrá (algunas saltan y se esgrimen como reproches irrefutables contra quienes nos hemos atrevido no ya a denunciar esa pérdida, simplemente a dejar constancia de ella) sobre todo después de las drásticas podas indiscriminadas a que fueron sometidos previamente y a las que era difícil sobrevivir sin enfermar: que estaban enfermos (¡¿y cómo no, después del maltrato?!), que sus ramas eran ¡un peligro! para el viandante, que dañaban las tuberías.Y así. Como muñones secos o moribundos lucieron varios años como un escarnio injustificado en el puente de la Plaza de la Estrella los troncos de una hilera de álamos que se sembraron a finales de los ochenta del siglo pasado.
¿Información pública del porqué de esta práctica? Creo que poca ha habido. Pero la realidad incuestionable es que no han sido sustituidos unos árboles por otros, ni en el río (sí, en algún tramo, por tristes y escuálidas adelfas, menos mal) ni en otras zonas donde se han practicado estas talas brutales. Un ejemplo es la última que se realizó en Los Pinitos en febrero de 2016. Hasta esa fecha, con buen criterio, los pinos fueron sustituidos por pinsapos, que hoy prosperan, pero tras la última tala todo sigue igual como si el futuro inmediato de las nuevas generaciones no fuese a requerir sombra, mucha sombra.
¿Por qué ese odio a los árboles en un pueblo que en las guías y folletos turísticos municipales presume de encontrarse entre dos parques naturales, Sierra de Grazalema y Los Alcornocales, únicos y singulares? Cuando apenas queden en Ubrique árboles y solo sean un recuerdo fotográfico promocional, ¿en qué van a emplear los jardineros las podadoras y las motosierras? Supongo que en recortar las plantas supervivientes y en hacer figuritas y filigranas vegetales, a la que son tan aficionados aquí, en Ubrique y en El Bosque, de momento, si alguien no detiene esta tendencia. Es posible que se sientan muy satisfechos de sus habilidades y hasta artistas. ¿De qué? El arte de la jardinería, muy antiguo, creo que es otra cosa y debiera estar al servicio del ciudadano y no de un dudoso gusto o capricho personal, al menos en los espacios públicos. Estos son de todos los ciudadanos y debieran estar concebidos para el disfrute por todos de los árboles y demás plantas: de sus sombras, de sus olores, de su belleza natural, de los beneficios que reportan. En definitiva, debieran ser la expresión de amor y el respeto a una naturaleza de la que todos procedemos, y de una convivencia armónica con ella.
Un espacio público, un parque o el paseo de un río, en este caso, no es un jardín particular. En este sentido, los particulares en Ubrique que gozan de un jardín o un simple limonero o unas macetas en la puerta de su casa, dan mejor ejemplo de amor a las plantas y de paso benefician a sus vecinos. Mucho más que quienes están obligados por su compromiso de gestores de lo público con la ciudadanía.

Huella de la deforestación en el margen del río.

Huella de la deforestación en el margen del río.