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Canto de primavera, por Julián Macías Yuste

Fuente de los Nueve Caños (Foto: Ubrique Turismo).

Fuente de los Nueve Caños (Foto: Ubrique Turismo).

Canto de Primavera
Por Julián Macías Yuste

Era costumbre en la Villa, seguramente ancestral y muy antigua, que una vez consumida la cena, fuese ésta frugal, o quizá, un poco indigesta, por la inveterada costumbre y, muy extendida entre las familias, de consumir la sopa del puchero por el almuerzo y reservar los garbanzos para la noche, cuando todos los comensales estarían presentes, pues estarían incorporados los que trabajaban en los campos, y que por motivos de higiene digestiva, aunque éstos solo fueran conocidos de manera instintiva porque los estrictamente dietéticos no eran del dominio de las gentes de la época, que muchísimos ubriqueños salían a darse un paseo por las calles del Perdón o Botica, dejando para la Plaza los fines de semana, y para las noches más calurosas del estío los Callejones y también los Nueve Caños en la Carretera Nueva.
También serían motivos suficientes, los no menos importantes relativos al cortejo amoroso, uno de los ejes fundamentales de la convivencia humana, y, desde luego, el recibir esa inestimable ayuda que no solo en lo puramente físico sino también en lo anímico, que recibimos después de estar sometidos durante tantas horas a unas posiciones forzadas de nuestro aparato óseo y muscular así como a las tensiones nerviosas provocadas por los problemas y quehaceres de la vida cotidiana.


El caso es que, fuesen los motivos que fueran, por junto o por separado, la juventud en particular y otras personas más maduras, utilizaban esas horas vespertinas para su solaz entretenimiento.
Pero era muy de notar que, una vez fogado el más ruidoso y comprensible ardor juvenil, eran los reposados y profundos sentimientos de los más maduros, pero no los únicos, los que se abrirían paso al amparo del silencio que, cada vez con más fuerza, se iba adueñando de la situación hasta hacerla eje principal del comportamiento del ser humano, pues es lo espiritual, que conlleva su alma, a lo puramente fisiológico o material de su cuerpo, lo que prevalece en este escogido momento.
También se añadirían en notable número algunos de los mundos parroquianos que, una vez acabada la función de cine, tanto del Salón Siglo XX (el más antiguo), como del Cine Cristina, aprovechando, de camino, el sorber un buche de la cristalina agua de la Pila, como condición “sine quae non” para conciliar un reparador y apetecido sueño, los que completarían el elenco o mimbres, del cesto que pretendemos enjaretar.
Y con seguridad podríamos afirmar que estas personas, una vez descansadas y en relativo reposo la parte material humana, agudizando todos sus sentidos, y echados a volar los invisibles, pero existentes sentimientos, los que, al no conocer barreras, se esparcen hasta el infinito como muestra fidedigna de su insondable capacidad.
Los pequeños detalles que hubiesen pasado desapercibidos cuando la algarabía de risas y tropeles así los mantenían, eran, con ese silencio cada vez más ostensible, cuando se agigantaban de manera sumamente portentosa, siendo la belleza del entorno la que, sin otro competidor que acaparara o estorbara la atención, la que se erigiera como única y excelsa protagonista de los muy complejos y excepcionales riadas de sentimientos puros y apetecidos que de forma inaudita embargarían las almas de los asistentes, que dada su enorme complejidad deberíamos tratar en otro momento.

A la Plaza de la Villa, a la que
acudía la gente a pasear por las noches, y
que, cuando eran calurosas, se quedaban hasta
bien tarde, bebiendo de vez en cuando, de
su fresquísima y vieja Fuente, bajo el
marco incomparable de la Sierra.
En la Plaza, tan bella, con su fuente,
de azahares la brisa está aromada,
del ruido y de risas ya callada,
las calles ya desiertas de la gente.
Se oye una campanada de repente,
del reloj, que ya marca madrugada
el Tajo, que absorbe la mirada,
escena que se graba en la mente.
La Luna en la Merga asomada
ilumina la Sierra suavemente,
la Villa que duerme ya cansada,
el alma que sueña ilusionada,
la noche que transcurre dulcemente,
los gallos que anuncian la alborada.