Relato dedicado al patrón de Ubrique, San Sebastián, por Julián Macías Yuste

Bella es la Serranía en cualquier época
Texto: Julián Macías Yuste

San Sebastián.
San Sebastián.
Es de Cádiz, la Campiña y su Bahía,
radiantes en su fama y hermosura,
y en la cima, la cal y su blancura,
es de Ubrique y su bella Serranía.
Pasadas ya las calores del estío, la gama de inigualables colores que casi todo el año ostenta este tan precioso rincón del paisaje serrano va sufriendo una indudable transformación. Los otrora brillantes colores de su floresta y arbolado han ido apagándose un poco, sustituyéndose unas tonalidades por otras, eso sí, sin dejar de ser espectaculares en los que, por ejemplo, el abundante y ornamental lentisco se haya tornado en un llamativo color rojizo, consecuencia, sin duda, de la larga sequía y del intenso calor, sobre todo del deslumbrante Sol de las horas del mediodía. También, el bello tapiz de un frágil y delicado color verde, fruto indudable de la abundante humedad, vestíase ahora de un fuerte amarillo pajizo que contrastaba con el gris sempiterno del inconmensurable roquedo de los tajos serranos, manchados éstos por extensos lunares ocres, procedentes de algunos componentes minerales, sobre todo ferrosos o marmóreos, que la Sierra en su esplendor se gusta en ostentar.

El algarrobo, el más abundante de los árboles que vive en este rocoso paisaje y, por ende, el más adaptado a florecer en tan agreste y difícil suelo, que se ha ocupado en colonizar cualquier grieta peñascosa que le pueda ofrecer algo de mantillo y humedad, aparece, inhiesto, en los sitios más inverosímiles cual equilibrista consumado entre los cortados tajos, sin perder jamás su exclusivo verdor. Solo por estas fechas se adorna de lunares parduzcos que no son sino sus propios frutos que, arracimados en gran cantidad, nos recuerda que hasta en los sitios que parecen estériles la madre naturaleza se empeña en ofrecernos. Y este leñoso, podríamos decir, pero suculento manjar hacen el encanto de muchos animales serranos, sobre todo las acrobáticas cabras que escalando, saltando de cancho en cancho, logran acceder a ellos, lamiendo de paso, su espesa melaza que gotea generosa sobre las duras rocas, adonde también acudirán, además de enjambres de abejas, infinidad de insectos libadores que, junto al resto de arbustos aromáticos, completarán su hábitat vegetal, logrando así su feliz supervivencia. Y no ha mucho, en la vecina dehesa, también bastante agostada, pero percibiendo sin duda las primeras y bienvenidas lluvias, en las espléndidas y maravillosas puestas de Sol, se rompía ese bucólico silencio con el que entra muy poco a poco la oscuridad nocturna con el ronco e inconfundible sonido de la berrea de uno de los más hermosos habitantes, que no el único, de la rica fauna serrana, cuya llamada, aunque le cueste su propia vida, anunciará la ineludible perpetuación de la especie. Poco tiempo después, cumplida su función reproductora, se refugiará amargamente solo en el corazón de la más intrincadamente floresta. La Luna, que ha ido adquiriendo el máximo grado de luminosidad debido al grado de humedad creciente de las atmósfera, al reflejarse en las charcas y arroyuelos que las primeras lluvias se encargaron de acrecentar, al alumbrar su superficie cristalina, cuando éste acuda a saciar la sed, le recordará como fiel espejo mágico, que ha sido desprovisto de su hermosísima cuerna, símbolo máximo de su arrogante y ufana virilidad, muy necesaria, además, cuando Natura así ha ordenado que se adorne. Y, por tanto, como avergonzado de haber sido desposeído de tan valioso y apreciado símbolo, vagará triste y huidizo, escondiendo su vergüenza en lo más impenetrable del bosque, sobre todo en el verde exuberante del arrayán, amo de las umbrías, el de las deliciosas y refrescantes murtas, su fruto, “gordas y mauritas como pasas” según decía el pregón de aquella gentil ubriqueña, o en el abigarrado y fuerte en su verdor con sus llamativos frutos, de un rojo coral inigualable, de un sabor entre ácido y dulce, de su inconfundible origen agreste, al que acompaña el mítico laurel, el de hojas que coronan sienes de emperadores y héroes olímpicos. Y muy pronto, pasado ya su efímero calvario, deambulará nuevamente por el humilde brezo y las aromáticas jaras, los que hornearán los más exquisitos asados y los mejor amasados panes de sabor y aroma imposibles de igualar.
Y justo en estos días, por estos pagos serranos que el blanquísimo manto de la nieve, solo de tarde en tarde, cubrirá las cumbres airosas y de espectacular belleza, si es cierto que acudirá inexorablemente para lucir ese armiño único y majestuoso color albo de la flor del almendro, que fiel a su cita, la ofrecerá orgulloso al Santo Patrón de la muy Leal Villa de Ubrique, nuestro venerado San Sebastián.
Habéis visto la Sierra con sus flores,
el cielo de azul muy bien teñido,
el trueno y el eco del sonido,
del ave sus plumas de colores?
La tarde de rojizos arreboles,
de aromas que nublan, el sentido
lo dulce por la abeja producido,
de mil fuentes del agua sus rumores…
¿Oísteis cantar los ruiseñores,
y al raso sereno habéis dormido
con los lirios y grillos más cantones?
¿Comisteis las gachas de pastores
de olor de jara el pan cocido?
¿Dudáis de esta Sierra y sus primores?

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