Relato por las cruces de mayo, por Julián Macías Yuste

Texto: Julián Macías Yuste
(Maestro nacional emérito)

Crujida de gamones.
Crujida de gamones.
A las Cruces de La Viñuela, del Tajo y del Benalfih, que desde siempre han señoreado, desde lugares preeminentes, la inigualable belleza de la Sierra de Ubrique, en la Fiesta de la Exaltación de la Sta. Cruz del 3 de Mayo.
En las entrañables y preciosas mañanas de la primavera, cuando, ya pasado su equinoccio y, por tanto, camino del solsticio, y cuando los primeros rayos de sol caen en cascada sobre las peñas y los tajos, disipando la escasa y ténue bruma que aún haya quedado sobre las plantas y la tierra, henchida ésta de agua y humedad de las mil lluvias del mes de Abril, y que nos depararán, de seguro, un no menos hermosísimo Mayo, con sus miríadas de flores de colores inimaginables y de límpidos y serenos arroyos, de frescas y cristalinas aguas, que nos incitan de manera irresistible a su contacto y refrescar nuestros acalorados cuerpos, como si con su fresco y suave roce fuera un bálsamo de rarísimos efectos que nos tonifican de inmediato los apesadumbrados pensamientos y los cansados sentidos corporales, como digo, esos primeros rayos iluminarán, primeramente, como filtrados por una estratégica hendidura en el escarpado muro serrano, el promontorio rocoso adonde se asienta la Cruz de la Viñuela, a escaso trecho por encima de la Ermita del Calvario, para desde allí, ir iluminando con una portentosa luz que lo inunda todo de unos embriagadores y refulgentes tonos dorados, que acrecientan de forma exponencial la majestuosa vista de un amanecer tan excepcional de esta privilegiada Villa.

Luego, la Cruz del Benalfih será la que reciba el cariñoso soplo luminoso que alejará las ya escasas tinieblas, convirtiendo el monte que la sustenta en una paleta de variadísimos colores, al ser este monte menos pedregoso y más tapizado por su bella y agreste vegetación que el resto de la Tierra.
La Cruz del Tajo, situada en el centro, coronando con su inigualable figura la más exageradamente bella perspectiva, tanto de la Sierra como de la Villa, que buscando su amistad y protección bajo Ella se acomoda y refugia.
Desde tiempos ancestrales, el hombre ha buscado siempre protección contra las fuerzas naturales que le rodean, fuesen físicas o espirituales, utilizando símbolos y actitudes para obtener su propio provecho. Y también le servirían para su adoración y acción de gracias por los recursos puestos por su Creador para su beneficio y disfrute.
Estas tres Cruces y alguna otra que también pudo coronar algún otro escarpado saliente, que el que escribe nunca conoció, pero que sospecha que pudieran existir, descartado el familiar y extendido invento de Benjamín Franklin derivado de su famosa cometa con punta metálica, debe ser otro el motivo de sus colocaciones. Y no porque las tormentas no sean frecuentes, que sí lo son, y además de repetitivas, de unos truenos impresionantes por la concatenación de sucesivos truenos y sobre todo sus ecos, que le dan un carácter más bien aterrador, pero que el vecindario conoce bien que “mucho ruido y pocas nueces”. Y no se tienen noticias de fenómenos atmosféricos eléctricos que, pese a su aparatosidad, hayan causado el menor daño.
El hombre, desde luego, no ha puesto un ápice en la peculiar y bellísima arquitectura que conforma toda la Sierra en su conjunto. Ni en sus inigualables y fresquísimos manantiales, ni en sus tonalidades derivadas de su encantador tapiz
vegetal, ni en su colosal armazón rocoso. Pero hemos de convenir, no obstante, que las tres estratégicas Cruces no solo no empañan lo más mínimo el entorno natural, sino que, aseguramos, coadyuvan a realzar la grandiosidad de su enclave natural.
Repasando a Santo Tomás viene a cuento recordar “que si un reloj supone un relojero”, el esplendor de tanta belleza junta más bien supone un acertado “Soplo Divino” que así la ha configurado. Y por tanto, qué mejor que el símbolo escogido sea el que, desde hace más de dos mil años, por estas benditas tierras, sea el que representa
la Creencia más extendida.
Colocadas, pues, en sus inmejorables puntos estratégicos, con una simple mirada des cualquier situación geográfica, estas son visibles, y además de reforzar el sentido de protección de los que con fervor las colocaron, recuerdan constantemente un sentimiento de agradecimiento por ser los más agraciados en la posesión de las sin par belleza natural.
Y la gente, en general, las visitaba a menudo. Sobre todo en Primavera. Eran frecuentes en esos singulares días, en tardes de aterciopelado sol, después de las prolongadas pero necesarias lluvias, las subidas a los manantiales del Ubrique el Alto, sobre todo, los realizados ante la losa. Y mientras nadie se resistía a sumergir unos ardorosos labios y cansados brazos y piernas en aquellas transparentes y majestuosas aguas que brotaban serenamente de las entrañas de la Sierra, pura y cristalinas como pocas, se acostumbraba a enjuagar en ellas unas untuosas lechugas, preciosas en su verdor, excelentes y refrescantes en el paladar, como frugal pero exquisito aperitivo de una no complicada merienda, para ser consumidas muy despacito, hoja por hoja, aunque otros aliñaban una sustanciosa y laboriosa ensalada pero, a la postre, más suculenta. Los más pequeños jugueteaban en los innumerables arroyuelos que reflejaban el azul purísimo de un cielo inigualable, tratando de contener en pequeñas pozas, hechas con barro, hojarascas y piedrecitas, la mayor cantidad de agua posible para hacer navegar algún palo al que se acomodaba algún cigarrón o escarabajo como capitán, en un pueril y genuino entretenimiento.
Y nadie se marcharía de tan paradisíaco lugar sin arrimarse, tanto a la del Tajo como a la de la Viñuela para, no sólo agradecer el disfrute de la agradabilísima tarde y su espectacular crepúsculo vespertino, sino, a la vez, contemplar las extasiantes panorámicas, difícilmente conseguidas en otros lugares.
La Cruz del Benalfih, que al estar rodeada por heredades particulares, tenía más difícil acceso era sobre todo, visitada bajando por estrechos senderos desde el Salto de la Mora, las más de las veces expresamente, y que tuvo que mantener también su encanto entre los ubriqueños. Y viene al hilo recordar aquella letrilla de chirigota muy recordada años después de ser estrenada: “ A Ubrique llegó un inglés/ y dijo con voz compungida/ que la Cruz del Benalfih/ estaba un poco torcida…” lo que, inequívocamente, nos demuestra que nunca cayó en ostracismo ni olvido.
Y de todas ellas, creo, que la más espectacular es la del Tajo. Y lo es tanto que el viajero que la descubre queda estupefacto, anonadado, cuando, al darse de bruces, de sopetón, con Ella y el Pueblo a sus pies, pasará algún tiempo como incrédulo de contemplar tan exquisita belleza.
Incluso, creo yo, representa con fidelidad, desafiante, hiniesta, impertérrita ante el abismo que la subyace, el espíritu del Pueblo que señorea y cobija, que nunca se arredra ante los temerosos y desconocidos retos de su propia subsistencia, y que, con su lucha diaria, tesón y esfuerzo se abre paso en la economía del mundo entero.
Pues bien, con toda mi admiración, escribo para ella estos versos:
Rompe el alba, y el halo de la aurora
sobre el dormido pueblo sobrevuela,
Calvario y la Cruz de la Viñuela
bajo el Cielo azul se ven ahora.
Muy pronto, una voz madrugadora,
llenará de cantares la plazuela,
correrán los niños a la escuela
de esta Villa, gran trabajadora
Por debajo del Salto de la Mora,
la Cruz del Benalfih, casi torcida,
mira a su fuente, fresca y sonora.
Y Cruz del Tajo, fiel embajadora,
presidiendo ufana nuestra vida,
de un Pueblo feliz su protectora.

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