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'El ídolo restaurado', por Casiano López

LOS PARAÍSOS PERDIDOS
Casiano López Pacheco

Adolfo Suárez.

Adolfo Suárez.

En este país caínita donde los haya, da lo mismo pasar del amor al odio y viceversa; saltar de la lujuria llameante al frío celibato; de ser vilipendiado y calificado como tahúr del Misissippi , a ser coronado santo con tu kit de arito celestial y nubes y además inocente, en lo que dura un pestañeo o un súbito subir y bajar de bragas de las clásicas de toda la vida. Los que hayan vivido frente a los focos del poder achicharrante y sobrevivan aún, pueden aseverarlo. Los famosos de papel couché y aquellos durante un tiempo que hayan ocupado las portadas de los periódicos o de la red, saben de lo voluble y etérea de la condición humana.

Lo mismo soplan vientos a tu favor que en contra y puedes pasar de la calma chicha a la tormenta perfecta en un silbido o en un cambio de dados. La crónica de la muerte anunciada del ex presidente del gobierno Adolfo Suárez lo corrobora igualmente.
De ser un personaje excepcional de su época, muñidor con guante de seda, junto con el Rey, del exitoso experimento de la Transición, que nos ha conducido de forma no violenta hasta el convulso hoy, a no aparecer por ningún lado durante demasiado tiempo, ni siquiera es de extrañar.
De ser un ídolo caído, señalado por todos, sin que se le reconocieran en vida su extraordinaria visión de futuro, han tenido que pasar varias décadas de forzado anonimato, en las que únicamente el ex líder de UCD y del centro español, ha destacado en el noticiario por motivos relativos a su enfermedad o por las desgracias acaecidas en el seno de su familia.
De su perfil político, de su experiencia, de su valía, de sus conocimientos, de su sabiduría, de su habilidad para los pactos y el consenso y los equilibrios precarios, nadie parecía darle valor y ponerse de acuerdo en lo sustancial. Cuando su cuerpo inane ya estaba velándose en la capilla ardiente, han llegado como un aluvión el tropel de virtudes y milagros del que el Duque nunca quiso presumir. Lástima.
Pero ha bastado que Caronte lo pase al otro extremo del río para que los españoles en general-sublimemente inútiles para superar su incapacidad para el diálogo en cuestiones básicas y de relevancia nacional- lo alaben al unísono, subiéndolo a los altares, endiosando a un ser frágil, vulnerable, sujeto paciente de un mar de dudas, que tuvo el acierto,-el don reservado a los políticos de raza- , de poner un poco de orden y concierto en una España sacudida por múltiples frentes, algunos insalvables que todavía colean.
Castigado sin mesura por sus rivales- los socialistas y los nacionalistas siempre implacables con los errores ajenos sin apercibirse de los muchos suyos- ;cercado en su propio partido de enemigos y traidores; olvidado por los votantes; obligado exiliado de sí mismo, parece que al fin, el hierático Adolfo recupera su sitio de honor en el Panteón de Españoles Ilustres.
Como siempre ocurre en esta España tremebunda, desordenada y perdida, las alabanzas y las loas te llegan cuando ya es tarde y no queda hierba bajo tus pies. Tus queridos enemigos de entonces y los buitres arribistas de ahora-que se proclaman herederos de tu legado- se reparten avariciosos tus pertenencias morales- mientras ordenan dar palos a diestro a los desobedientes- , igual que los soldados romanos mercadeaban con la túnica del crucificado, ajenos a la tragedia en la que acababan de participar.