Un rumor de pinceles, por Casiano López Pacheco

Cuadro de un concurso de pintura rápida al aire libre.

Cuadro de un concurso de pintura rápida al aire libre.

CUADERNO DE APUNTES
Un rumor de pinceles
Por Casiano López Pacheo

La verdad es que Pedro estaba allí. Se percibía su presencia antes de que la primera luz del día rayase los riscos violáceos de la Sierra que nos ampara. Por ejemplo, se encontraba en el mismo lugar en que se colocó el año pasado. Justo encima del Rodezno donde una pintora se esmeraba dibujando minuciosamente las paredes ruinosas de esta Pompeya ubriqueña que a tantos artistas seduce con la ajada belleza de una vieja dama.
Y su presencia era fuerte. Latente, viva. Lo mismo fluía por el recinto precioso del Convento, observando a los artistas por allí dispersos, que se situaba discretamente junto a Estefanía Guerra, que con un talante excelente resolvía con seguridad las texturas complicadas de una vetusta fachada, a la que el tiempo había derrotado inexorablemente.

Joaquín Domínguez.

Joaquín Domínguez.

Pero Pedro, como antes, como siempre, no permanecía demasiado tiempo en el mismo lugar. A paso ligero, veloz, se detenía al lado de José Luis Mancilla, fiel a su cita anual, y muy concentrado en su obra ya avanzada y bien encaminada, cuando el calor comenzaba a sentirse. O mirando a Joaquín Domínguez Ordoñez, que desgranaba una sinfonía de colores malvas, en un cuadro atrevido y valiente, muy propio de su estilo.
O codo con codo, con el amigo Paco Rojas, recién venido de su aventura malagueña, absorto en un excelente dibujo al carboncillo del dédalo mágico de las callejuelas en torno al Peñón de la Becerra. No había lugar donde no se detuviera para contemplar el trabajo de todos aquellos que el poder de su nombre había convocado.
Ubrique había amanecido bajo el señorío de una luz espléndida. Un fulgor, que como un aura, anunciaba la gran fiesta de la pintura que cada septiembre, emplaza en este pueblo sin igual a los mejores artistas de esta disciplina y donde no hay suficientes galardones para tanta calidad indiscutible y deviene en una injusticia que muchos se queden fuera sin mención ,a pesar de las mejoras que se van introduciendo año tras año.
Pero no dejemos a Pedro solo. Ahora está en La Plaza del Ayuntamiento. Los caballetes, las paletas, las pinturas, buscan la sombra de los naranjos, y protegidos del sol inclemente, van naciendo los cuadros bajo la potente luz del mediodía. Y allí está Pedro, feliz y pleno, contemplando lo que más le gusta hacer.
No muy lejos, ahí mismo, el compañero Martel, en el Callejón de la Cárcel, afina los matices de una sugestiva visión marcada por un potente azul que domina y envuelve ese espacio acotado de forma tan personal. Pero antes, ya había estado junto al veterano y curtido Agüera, encaramado en el Caracol, entretenido en plasmar unos escalones y una llamativa maceta, mientras el amigo Juan Puerto lo fotografía para la posteridad.
O junto a Rafalón, que tocará pelo en esta convocatoria tan especial o al lado de la prometedora Patricia Rivero, oculta en un rincón preñado de verdes y macetas. Y así, acompañando por igual, al resto de participantes, más de un centenar, venidos de los más remotos lugares de la geografía española y que en no pocas ocasiones fueron sus colegas en incontables concursos donde coincidieron.
No quedó nadie, niño, mujer ni hombre, al que no le soplara ese polvillo intangible de la inspiración, que coordina el intelecto, el corazón y las manos para que se hiciese posible la maravillosa inutilidad del Arte. Porque el Arte solo sirve para engrandecer el espíritu, fortalecer el alma e impregnarse de una sutil belleza. Algo que es poco práctico en una sociedad podrida y consumista como la nuestra, pero que ayuda a que los días sean menos monótonos y grises y brille en nuestro interior una luz particular y única, que consigue que la vida sea llevadera.
Así que el pasado sábado 3 de septiembre de 2016, el espíritu de Pedro Lobato Hoyos, permanecía en su pueblo, porque nunca podrá abandonarlo. Su esencia se ha mezclado con el aire, con la luz, con las piedras y con el agua de este Ubrique formando una sola materia indivisible e indisoluble hasta el fin de los tiempos.
Inolvidable, por último, la imagen de la Plaza a rebosar. El aplauso inacabable del público rendido y los artistas unidos con un mismo fin. La emoción a raudales de sus hijos, henchidos de un orgullo lógico o el mismo sentimiento de Isabel, la Alcaldesa, que tampoco podía reprimir el nudo que le embargaba el corazón.
Caía la tórrida tarde dejando un resplandor anaranjado sobre las ardientes piedras de la Cruz del tajo. Un centenar de extraordinarios artistas rindieron su mágico tributo al grande Pedro, con lo mejor de sus talentos y la variedad de sus discursos plásticos, en la ofrenda de sus obras. Una jornada mágica que quedará para los anales de la intrahistoria de nuestro pueblo. Sonaban las campanas con la alegría de las grandes citas certificando que ese día de septiembre no era un día cualquiera, sino uno de los señalados.
Un rumor de voces de más a menos, un rumor atenuado de pinceles que van cesando su actividad, un centenar de obras robadas al tiempo que en su voracidad nunca se sacia. Y el ruido de la vida inagotable pausándose lentamente, hasta que la noche llega y reina el silencio.
Cuando la Plaza se despobló, las palomas se quedaron dormidas y el agua de la fuente continuó con su gorjeo cantarín , allí quedó el amigo Pedro, nuestro Pedro, sentado en un banco, la mirada limpia, el corazón satisfecho, las manos manchadas de pintura, el día cumplido. No puede marcharse quien forma parte de aquí.
Y con la primera luz volverás a nacer.

José Luis Mancilla.

José Luis Mancilla.