Prólogo del catálogo y presentación de la exposición de Luis Domínguez Rojas, por Teodoro Leo Menor

Teodoro Leo Menor.

Teodoro Leo Menor.

Texto: Teodoro Leo Menor

Prologar una obra de estas características es un compromiso que me sitúa ante una aventura hasta ahora desconocida para mí. Pero ese doble compromiso que asume el prologuista respecto del autor y del contenido de su obra, han quedado gratamente satisfechos al haber tenido la suerte de conocer en profundidad al artista y embelesarme con el fruto de su inspiración.
En cuanto al autor, no me ha unido a él una especial relación afectiva, ni siquiera la cercanía del espectador que asiste cada día a la evolución del artista y percibe con satisfacción los ecos armoniosos del cincel acariciando la piel. Mi ausencia durante tantos años del valle virtuoso (Ubrique) me impidió asistir a la liminar explosión de la primavera del artista, a los años de la madurez florida y a la lucidez sideral del artista consagrado. Mi primer contacto con el autor tuvo que nacer después, un día del mes de abril de este mismo año, cuando en un escenario bucólico de monte mediterráneo, en presencia de un buen ramillete de amigos, pude comprobar directamente la torrencial fragancia que emanan los sentidos de Luis Domínguez Rojas. Allí pude conocer al hombre y allí pude disipar las dudas, si las tenía, de encontrarme ante un ser excepcional. En aquel ambiente delicioso pude sentir, en la emoción contenida, el magnetismo del artista, la germinal claridad que irradian sus ojos, el arpegio luminoso de su voz y los silencios profundos de la nostalgia. Ese día nació el compromiso con el autor de la obra.

Por lo que respecta al compromiso con el contenido de la obra, han concurrido circunstancias extraordinarias que me han permitido –contemplando los cuadros de Luis Domínguez– recrearme en la belleza de la filigrana en piel, en la profundidad de los surcos heridos de la melancolía y en los abruptos oteros de la efervescencia, aromas que emanan de todos los poros de la ya extensa obra de Luis Domínguez Rojas y que el artista ha sabido impregnar con su especial sabiduría y sensibilidad. Ese hecho extraordinario es la relación de amistad que, desde muchos años atrás, mantengo con Atanasio Villalba León, erudito del cante flamenco, magnífico cantaor, poeta y maestro de la palabra, y la no menos fructífera que en los últimos tiempos he tenido la ocasión de mantener con José López, “Pepe er de Genoveva”, un gran calígrafo y recitador de poemas. Ambos amigos, grandes amigos a su vez de Luis Domínguez Rojas, son los impulsores y el alma de este proyecto, de esta obra que es ya un legado para ésta y las generaciones futuras de ubriqueños y de amantes del arte de todas las latitudes.
En el momento actual, como en otros muchos periodos a lo largo de la historia, los artistas constituyen la vanguardia de la confianza en el hombre. Vivimos, ciertamente, tiempos de zozobra, de crisis económica pero también de crisis de valores. Por eso, en esta etapa crucial cuyo desenlace ni siquiera podemos intuir, el arte, en todas sus manifestaciones, debe aportar la chispa iridiscente que ilumine toda nuestra existencia. El arte, ajeno a voluptuosas ataduras ideológicas y a los presupuestos de una fraudulenta intelectualidad de nómina que acapara valores éticos, morales y estéticos que en absoluto le pertenecen, debe comparecer en el escenario de la vida y recoger los restos del naufragio para construir un mundo nuevo.
En este contexto aparece la figura de un excelso y preclaro ubriqueño, Luis Domínguez Rojas, cuya obra alcanza ya límites insospechados.
La dilatada trayectoria del autor abarca tres etapas fundamentales:
Una primera como repujador, que corresponde a sus años de juventud y el inicio de una productiva madurez. Luis Domínguez comienza a trabajar a los 16 años como repujador en el taller de Juan Carrasco (uno de los pioneros, junto a Francisco García, de este arte en Ubrique). Los primeros repujadores eran tallistas y comenzaron a hacer planchas de madera para grabar la piel, a cuyos grabados daban luego sombreado y perfilado y sombra a color. Las dos facetas del repujado eran la plumilla y el grabado (los apuntes con plumilla de tinta china se hacían directamente en la piel y fueron excepcionales y conocidos en toda España los motivos de toreo y baile flamenco, dirigidos especialmente al turismo). El arte del repujado se desarrolla a partir de los años cuarenta del siglo XX.
Resulta curioso señalar que esta escuela de repujadores ubriqueños fue el embrión de lo que luego se conoció como “escuela ubriqueña de pintura”, nacida de la afición de los alumnos del repujado por la pintura.
Una segunda etapa que coincide con el estadio medio de su recorrido vital, donde se consolidan sus coordenadas intelectuales y artísticas: la pintura en lienzo al óleo. Esta etapa la comienza a los 35 años y es de destacar la abundante colección de paisajes de Ubrique y motivos de cacería y retratos. Fruto de esta importante producción artística son los premios que recibe en reconocimiento a su maestría con el pincel.
Una tercera etapa donde el artista es ya un hombre en plena madurez, donde la rebeldía de la juventud ha dado paso a la quietud apasionada. Aquí utiliza la técnica del grabado a mano en la piel de forma totalmente artesanal, teniendo como icono al que luego sería una de las más grandes figuras del toreo, Jesús Janeiro Bazán, “Jesulín de Ubrique”, así como otras grandes figuras consolidadas, como Curro Romero.
Durante estos últimos 20 años, el artista investiga dentro de los caminos del grabado hasta llegar al momento culminante de su carrera, la talla y escultura en piel, donde ha desarrollado toda su técnica, alcanzando el máximo nivel, la madurez artística y una personalidad propia dentro de este arte, llegando a ser considerada su obra por grandes expertos como única e inigualable.
No puedo dejar de mencionar, como el cenit de esta etapa fundamental en la carrera del artista, la colección dedicada a los personajes de la Grecia clásica, de la Roma imperial y del periodo más fructífero de la presencia árabe en España.
Luis Domínguez Rojas nació en Ubrique un 6 de diciembre de 1935, y es hijo de Juan y Cándida, conocido con el sobrenombre de “Luis el de Cándida”. Se crió en el seno de una familia humilde, en unión de otros dos hermanos (Antonio y Leonardo). Su padre trabajaba en el campo y su madre llevaba las labores de la casa, siendo muy querida en el pueblo por sus dotes de luchadora en los tiempos tan difíciles en los que tuvo que criar a sus hijos, así como por su bondad y su gran corazón. El gran apoyo de su madre ha sido fundamental en el devenir de su carrera artística y su recuerdo le ha acompañado a lo largo de su vida.
No menos importante en su vida ha sido su esposa, Antonia León Montero, y desde luego el cariño y la pasión por sus hijos, Angelina, Juan Luis y Rafael, cariño que extiende a sus cinco nietos, Luis, Luis, Miguel, Rafael y Marina, los cuales constituyen su verdadero universo familiar y sentimental.
A lo largo de su carrera ha obtenido diversos premios y felicitaciones, entre ellos:
1º Premio de pintura del Ayuntamiento de Ubrique, año 1974.
1º Premio de pintura homenaje a Bernardo Nieto Peña, año 1977, promovido por la Asociación de Amigos del Arte, de Ubrique.
1º Premio de pintura Ayuntamiento de Ubrique, premio Bernardo Nieto, año 1978.
1º Premio de pintura de la Asociación de empresarios de Ubrique, año 1981.
Tricornio de Plata de la Comandancia de la Guardia Civil de Cádiz, en reconocimiento a su fecunda obra artística, año 2012.
Por último, debo destacar la grata noticia que he podido conocer: el autor, haciendo valer su alto concepto del altruismo y de la filantropía, va a donar una parte importante de su obra al pueblo de Ubrique, la cual podrá contemplarse, para regocijo de propios y extraños, entre los muros de la noble y antiquísima Ermita de San Juan de Letrán.
Ubrique, septiembre de 2013