En el día de San Sebastián, patrón de la villa de Ubrique, por Julián Macías

EN EL DÍA DE SAN SEBASTIÁN.
SANTO PATRÓN DE LA VILLA DE UBRIQUE,
EN SU FESTIVIDAD DEL 20 DE ENERO
Por Julián Macías
[Dos veces presidente de la Peña Cultural Recreativa San Sebastián]

San Sebastián.

San Sebastián.

Aquella mañana de Enero parecía distinta a cualquier otra. Incluso la luna de la noche anterior era una luna grandísima de una especial luminosidad (no hay luna más clara que la de Enero, ni amor más querido sino el primero). Quizás ese altísimo punto de claridad que le hacía tan especial pudiera ser debido a la fuerte humedad de la atmósfera, signo de inequívoco preludio de anunciarnos una bella y radiante amanecida. Y con las primeras claras del amanecer, cuando ya el Sol comenzaba a calentar el campo, de las huertas extendidas a lo largo del río, un vaporoso vaho parecía levantarse de su superficie alomada como si una extensa sábana, muy tierna y algodonosa, la hubiese estado cobijando bajo la fría noche, desapareciendo poco a poco, con los primeros calores absorbidos. Las gotas de rocío, que pendían caprichosamente del ramaje de los árboles y arbustos, tardaban un poco más en evaporarse dilatando un poco más el bellísimo aspecto que ofrecían a la vista, que más que simples gotas de purísima agua, eran como diminutos diamantes y orientales perlas que un peritísimo joyero se hubiera encargado de engarzar en una inigualable obra de arte. Y el cielo que aparecía impensablemente azul e impoluto extendía su inmensidad como en pocos otros días. Sólo su uniforme azulado colorido era roto por una fina columna de un blanquísimo humo que se elevaba perpendicularmente hacia lo más alto, signo éste de la ausencia total de la más mínima brisa. Procederá, sin duda, de algún piconero madrugador que, entre algarrobos, lentiscos y demás, faenaba su cotidiano sustento con la máxima diligencia, pues los indicios le aseguraban un rápido cambio de tiempo. Y conviene no olvidar que el día anterior fue el de San Canuto, el de “los tres meses justos”. Y era verdad.

Y los refranes se cumplían. También nos decía otro sabio refrán: “Si se pierde Enero, búscalo por el almendro”. Y es que en las laderas más abrigadas al relente invernal, florecía el almendro incluso con cierta abundancia. Y que, en aquellos días invernales que ya el Sol empieza a calentar con mucha más intensidad, se apetecía sobremanera el solazarse, dejando atrás la oscuridad fría de los días precedentes típicamente otoñales. Y era entonces, cuando estos árboles que habían germinado hacia el Naciente, se vestían de un blanco ropaje indescriptiblemente bello, de unas flores pequeñas que más bien parecían leves suspiros vegetales, más como entes de ensueño, que como vulgar materia, y que una milagrosa nevada hubiese cubierto de tan delicados copos solamente sus leñosas y oscuras ramas, convirtiendo su aspecto, hace sólo unos días, más bien espectral, en el más hermoso árbol, que, como cenicienta arbórea, recibido, como no, de su Hada Madrina, la Naturaleza, en el árbol más bonito de toda la Serranía. Y a medida que el Sol empezaba a calentar los tejados del pueblo, que al estar cobijados por las alturas del Tajo, y por tanto tardaban algo más en recibir su cálido y luminoso beso, brillaban como inmensos espejos hasta que el rocío terminaba por disiparse. Las campanas de la Iglesia, poco después del amanecer, nos recordaban con su sonoro repique la solemnidad de la jornada, confundiéndose su eco, en los aledaños del pueblo, con un tranquilo y acompasado son de un cencerro y el nervioso sonar de las esquilas caprinas que desayunaban los todavía húmedos brotes tiernos que generosamente les ofrecía la sierra y que éstas, como expresión de contento, brincaban de peña en peña, alardeando de su innata habilidad para el alpinismo. Y entre los numerosos gorjeos que componían el sinfónico silencio agreste, empezaba a destacarse el del perdigón que comenzando con su susurrante piñonea, luego se había convertido en un descarado “cuchichí” “cuchichí”, pregonando a los cuatro vientos su disposición al apareo reproductivo que bien pronto habría de comenzar. Y hasta unos encantadores gazapos rezongaban a gusto en la fina y fresca hierba, pero bien cerca de la madriguera, porque había que aprovechar este día de tregua atmosférica jugueteando al tibio Sol, incluso arrostrando el oculto peligro. Y en los peñascos de los más altos cortados tajos, el buitre oreaba las plumas de sus largas alas para que, en cuanto ascendieran las primeras columnas de aire cálido, remontar su sereno vuelo y, registrando palmo a palmo, su propio territorio, encontrar su cada vez más escaso sustento, que le proporcionara seguir con su bien poco agradecida labor de limpieza, dando salubridad entre otras cosas.

Y mientras, en el pueblo, que aunque el Día Grande se lo dedicaban a su Patrona, la Santísima Virgen de los Remedios, siempre dispusieron de un tiempo para la veneración de su Santo Patrón. Y lento procesiones que, saliendo de la Parroquia bajando por la del Agua, Pilita de Abajo, la suya y merecida asignada, subiendo por Remedios, Stma. Trinidad, Botica y Templo, era recorrido suficiente para recordarle dignamente, aunque la inmensa mayoría de los acompañantes, además de Autoridades, fuesen la zagalería y adolescentes. Pero poco después de un frugal almuerzo era cuando todo el pueblo, en especial mozos y mozas, vestidos de domingo, salían a pasear aprovechando el excelente día de Sol que el tiempo ofrecía, siendo el más visitado el de los “Callejones” que siendo sus árboles de hoja caduca permitían perfectamente el tan ansiado baño de Sol, y también se frecuentaba la Carretera Nueva, incluso los más andarines hasta la Fuente de San Francisco por la Salida adelante. Pero en este tiempo el Sol duraba más bien poco. Ya antes de ofrecer sus últimos rayos del día, la oscuridad se veía venir por la Ventalleja y brisas con olor a humedad se esparcían con rapidez. El Paseo se despedía con solo unas vueltas en la Plaza o en Botica, mientras algunos feligreses entraban aún en el Templo Parroquial para pedir o agradecer sus bienintencionadas intercesiones para la consecución de las diarias y difíciles vicisitudes.

Las mozas que, una vez más, disfrutaron del bello día de gracia y ensueño, regalo de su incontestable Sebastián “mocito y galán” “el que saca las niñas a pasear”, tan admirado por todas ellas, se fueron, la sonrisa en sus bellas caras, entre cuchicheos y risas, formando pequeños grupos, con unos breves pero intencionados adioses de despedida de los mozos, quedando éstos más rezagados, soportando ya el anunciado aguacero, y subiendo hacia sus casas por las empinadas y empedradas callejuelas, con el cantarino murmullo del agua en su corriente y el repiqueteo nostálgico de los canalones, iban haciendo balance del afortunado día en su apretada variedad, satisfechos, los más, de lo vivido, ansiando, otros, una nueva oportunidad para expresar sus cálidos pensamientos. Y asegurando, que en el próximo, con más suerte y valor lo conseguiría. Y bien merece Sebastián, aunque no sean del todo lo bueno que se merece, siguiera estos versos.

Bella luz del Sol que en su salida
iluminas al Pueblo aún dormido.
Tibio calor, que toma agradecido,
la hierba, del rocío humedecida.

El almendro, su flor ya florecida,
en este día de Enero escogido,
saluda a Sebastián, Patrón henchido
del amor a su Villa protegida.

Mocita, que de gala su vestido,
contempla la saeta en tu herida
pensando que tu Fe no fue vencida,
absorta en tu martirio repetido.

Con la lluvia fina es despedida
la tarde, y el paseo concluido.

Y es también seguro, que el que fue paladín de la hidalga socorro de menesterosos y auxilio de los más necesitados, sin importarle que su Fe le acarrearía el martirio, también tendría un pensamiento para las mocitas de este pueblo que con primoroso empeño le veneraban. Creyendo interpretar su pensamiento, me atrevo a escribir esto:

De la tierra sus colores,
la ubriqueña es elegancia,
del jazmín es su fragancia,
de Platón son sus amores.

De su boca sal y gracia,
en su pelo bellas flores,
en sus ojos luz de soles,
más recato que arrogancia.

Eres dechado en primores,
eres pasión y eres calma,
eres visión de pastores
en sus hogueras al alba.

De poetas soñadores,
ubriqueña, eres el alma.