‘Algunas cosas del fútbol y sus gentes’ (8ª jornada), por Julián Macías Yuste

Texto: Julián Macías Yuste

Y quiero apoyar mis argumentos con anécdotas como la que me complazco en relatar: Era una pequeña fonda en una céntrica calle madrileña. Quizás entre Mayor y Carretas. Era muy frecuentada por viajantes de comercio que durante algunos días compartían habitación y mesa, así como los éxitos o sinsabores de su ingrata y nunca bien reconocida tarea. Se accedía desde la calle por una empinada escalera hasta un rellano adornado de varias macetas y luego un par de tramos más de escalones un poco más cómodos. La puerta daba a un pequeño distribuidor dotado de un mueble paragüero con un gran espejo. Su comedor era la pieza más grande y luminosa de la casa con varias mesas dispuestas para servir la comida.

Por su limpieza, excelente trato y buena relación calidad-precio era muy concurrida por nuestros paisanos, que se la iban recomendando de unos a otros, hasta que llegó el momento en que había que reservar habitación con bastante tiempo de antelación. Había mucha hermandad y compañerismo entre ese sufrido gremio, que algún día del año todos ellos celebraban yéndose de “guiso” todos los que profesaban como tal .Puede ser que alguno de ellos me refiriera esta anécdota ocurrida en esta celebrada pensión: Por una parte, la señora, una mujer más bien alta, delgada, de porte señorial, con ese aire entre clásico y herreriano, que, casi desprovisto de adornos innecesarios da imagen de tranquila y singular belleza. Los ataques del tiempo aún no habían conseguido hacerle mella, salvo en pequeñas porciones, dada su edad. Sus ojos, de mirada tranquila y profunda, eran de un color miel que se irisaban apenas recibieran un sesgado rayo de luz. Su cuello, largo y como de figura ebúrnea en el que colgaba de una áurea cadena una pequeña cruz, sobre el que caía en ondas su largo pelo castaño, conseguía, junto al resto del cuerpo, ese efecto proporcionado, austero y señorial, que señalaba al principio. Hablaba poco, y cuando lo hacía era de forma melodiosa, con la pronunciación inconfundible de las tierras de Padilla, Bravo y Maldonado.
En resumen, era la típica expresión de los serios, austeros y trabajadores habitantes de la meseta, alta y esteparia, de recias costumbres, amuralladas ciudades, berroqueñas heredades, pobres y frías, y solariegos edificios, casi todos construidos con el aglomerado natural de cuarzo, feldespato y mica, venidos a la gran ciudad en busca de una nueva vida más fácil y menos áspera.
Por la otra, la doncella: una muchachota guapetona, de aspecto sanote, piel coloraota, en especial sus mejillas que más bien parecían manzana de la madrastra de Blancanieves. El óvalo de su cara era redondeado, con el mentón un poco hendido y unos pícaros hoyuelos en sus cachetes que se hacían visibles cuando esbozaba una sonrisa.
Sus ojos de un raro color verde, característicos de las invasiones procedentes del lejano oriente, cuya reminiscencia aún perdura en nuestros lares, estaban enmarcados por unas cejas bien definidas y acompañados por unas largas y acariciadoras pestañas. Su boca ni grande ni pequeña, atesoraba unos labios gordezuelos, como de coral, sensuales. Su pelo, recogido, dejaba aún más al descubierto lozanía. Brazos y piernochas al aire, eran testimonio inequívoco de su vigor juvenil. El peto del delantal aseguraba que su propietaria no envidiaba a las del Valle del Pas. La diferencia entre cintura escapular y la pelviana se hacía muy ostensible en su airoso talle, que, incluso por algunos centímetros de más, esta última, la hacía sumamente sexy, como se dice en el argot actual. (Qué lástima que haya olvidado a maestros Horacio y Ovidio, ellos me hubieran ayudado a hacer una descripción mucho más académica, por lo menos en el académico latín).
Su risa, cantarina, era la alegría personificada, y su voz, cristalina, se esparcía por toda la casa llenándolo todo de vida. Por su acento, no podía negar que era del sur, quizás de un pueblo de la Serranía de Ronda. También buscaba en la capital su soñado “modus vivendis”.
De todo su conjunto se podría decir que quizás no hubiese sido plasmada por Fidias en calcio cristalizado de Carrara, pero sí que hubiese sido la musa de Armando Manzanero cuando en una de sus inolvidables canciones nos dice: Te voy a morder los labios / me voy a llenar de ti / por eso voy a apagar la luz / para sólo pensar en ti.
Y volviendo a las fuentes informativas de aquel afortunado viajante por presenciar la escena, ésta se desarrolló de la siguiente manera: La señora, bien por el cansancio debido a su prolongado trabajo, bien por su equitativo reparto del amasado de limpias manos y del escamoso cernido, preguntó a la doncella: ¿Cuántos faltan por comer? A lo que ésta con su impertérrito desparpajo contestó: ¡¡ Dos señores y tres de Ubrique!!
¿….? A fe mía, que al oír tan ponderada afirmación quedé estupefacto. Yo creía que la perplejidad que me embargaba no superaría mi capacidad de asombro, pues en los tiempos que corren, éste había adquirido proporciones inimaginables. Sin embargo, por buscar una interpretación, más o menos razonable, me zambullí sin vacilar en el mar de las hipótesis por ver si era capaz de encontrar la verdadera. Descartada la que podía hacer referencia, ya fuera pantagruélica o la espartana y ecléctica, puesto que el plato ya venía servido y no se podía rectificar su contenido a las cantidades consumidas por unos y por otros, busqué de inmediato alguna apreciación filosófica que me hubiese pasado desapercibida. Recuerdo que en mis debates con otro que estaba más preparado que yo, me tocó defender la belleza como cuarto trascendental del ser. Pues bien, ni en la socrática, ni en la aristotélica tomista, ni siquiera en la cartesiana encontré un sola premisa en que fundamentarme para construir un silogismo, y eso que aún recordaba dieciséis modos diferentes. Recurrí, incluso, a mis rudimentarios conocimientos de la matemática teoría de conjuntos por ver qué aplicación afectaba al conjunto de los primeros con respecto a los del segundo, con idéntico resultado: ¿Es que todos los señores son de Ubrique? ¿Todos los de Ubrique no son señores? That is the question. Osase, nada. Más bien creo que la respuesta de la mozalbona pudo der como sonrisa de Gioconda, y que su rictus entre irónico, sarcástico, benevolente, …sólo Leonardo sabrá lo que quiso plasmar. Pasado un tiempo, un buen amigo, integrante del gremio, que había gastado sus mejores años por esos caminos, de comercio en comercio, al que yo le conocía por el cariñoso sobrenombre de “eximia pulchritudine”, con la experiencia que el mundo confiere me alumbró esta otra posibilidad mucho menos poética pero sí algo verosímil: ¿no se trataría de alguno que por hacer bueno el dicho: ¡De Ubrique, mala mosca te pique!, posara su “superficie metacarpiana”, como díptero carbuncoso sobre las agraciadas y un poco panaderas, posaderas de la moza en cuestión, dejando huella indeleble de un amor imposible? Fuese lo que fuese, tú tenías ese sello inconfundible que te hacía como distinto, singular, y para mí, irrepetible.