Algunas cosas del fútbol y sus gentes (VII jornada)

Texto: Julián Macías Yuste

Y para muestra con este botón creo que basta: “Era domingo. Por la noche. Ráfagas de un viento atemporalado anunciaban ya su cercanía. La picazón del Sol de aquella mañana dominguera anunciaba con claridad la proximidad de un brusco cambio de tiempo. Ya hacía rato que la Ventalleja se cubrió de un oscuro velo dejando a los Bujeos como “boca de lobo”. En un bar del pueblo, cuyo propietario era muy conocido por su afición al deporte rey, se exhibía una gran pizarra adonde se plasmaban los resultados de la jornada para comprobación de los quinielistas que allí mismo depositaban sus apuestas. Los signos del mal tiempo habían conseguido que el gran portalón se cerrara, quedando, sólo, un pequeño postigo por donde desfilaban de uno en uno los pocos parroquianos que aún quedaban, apurando de un trago el resto de la “de carabaña”.

El propietario se afanaba en recoger el servicio antes de que estallara la tormenta cuyo estruendo se oía ya con meridiana claridad. La afluencia de clientes debió ser copiosísima dado el trabajo que daba su recogida. Incluso, por la cantidad de cáscaras esparcidas por el suelo junto a la larga barra, se deducía que el lebrillo de los altramuces debió estar a rebosar por la mañana.

Justo en ese momento entraste tú, movido quizás por el morbo del buen hincha, puesto que en el derbi local, ese día, los verdolagas ganaron a los propietarios del Sánchez Pizjuan. Y además, por varios goles de diferencia. Sin dudarlo un momento pediste: “un vermulito”. Se te sirvió al instante ya que iba a recoger escoba y recogedor para dar un último abalón antes de proceder al cierre.

Hasta los pájaros de la canariera del rincón gorjeaban unos últimos trinos como de “buenas noches” deseadas a su atento bienhechor, cuando tú, no pudiendo resistir más la tentación le dijiste: “ninño, ¿qué me cuentach de tu Cheviya y de mi Beti güeno?. Y claro, aquel ocupadísimo hombre te contestó: ”¡déjame a mí de fútbol ahora y márchate! ¿no ves la noche que hace?” acompañándote cariñosamente hasta la puerta.

Y desde allí contestaste: ¡pero…ech que no te pagao!, a lo que el tabernero contestó: “es igual, esta noche te convido yo!… y claro, sacando esa gracia genuina que llevabas dentro contestaste ya desde la calle: “¡Poch chi lo yego a chabé lo pido con tap-pa!”.

Ante esta y otras ocurrencias, justas en su momento, en su tono y en su irónica gracia me he preguntado en más de una ocasión si la sabiduría heleno-latina que nos decía “poeta nascitur, orator fit”, ¿adonde te habría encuadrado?. Y, desde luego, no entiendo que fuera privativo sólo de los del género masculino como un añadido atributo a su libertad y estudios, que eran bastante más amplios de los que disponía por aquella época el sexo femenino, y por tanto, al estar equitativamente repartidos, también las mujeres eran protagonistas de tan ingeniosísimas expresiones, como la que a continuación refiero condensadamente: Era ella de lo más habilidosa que se podía lograr en el manejo de los artilugios del tejeringo, uniendo la exquisitez del amasado junto con la técnica del ajustado frito en el inigualable e irrepetible elipsoide mañanero tanto con el café como con el chocolate. No obstante su despierta inteligencia para las cuestiones teóricas de la conducción de automóviles, éstas no se veían acompañadas de igual destreza para la cuestión práctica. Y después de haberse presentado en más de una ocasión para la obtención del carnet, ocurrió que el examinador que la había reconocido de alguna otra ocasión y que sufría por no podérselo aprobar, y dándole una segunda oportunidad, convencido del interés en la superación que exponía esta alumna, y viendo que ésta incurría en el mismo error de no girar obligatoriamente en un lugar debidamente señalizado, le aclaró: “Señora, ¿pero no ha visto las flechas? A lo que ella, inmediatamente y de forma jocosa contestó: ¿las flechas? … Yo no he visto ni a los indios”.

Incluso puede que sea un legado compartido de la forma de ser de todo un pueblo, o más bien de sus raíces ¡por qué no!, y que a lo largo de la vida haya ido imprimiendo ese carácter.