‘Algunas cosas del fútbol y sus gentes’ (sexta jornada)

Texto: Julián Macías Yuste

Pero decía de Parménides: Todo fluye. Nada permanece… Y mientras, a kilómetros de allí, ocurrió la tragedia. Un día la riá fue mucho más osada y no se conformó con los balones, sino que arrampló con el campo camino de Puente Palos, para, como en un río sin retorno, no volver jamás. Decía Gómez de la Serna en sus Greguerías que: “Las lagartijas son los broches de las tapias”. Pues bien, con toda su elegancia desapareció el Petronio de los campos de fútbol bajo la atenta mirada de la indiferencia. Como diría Don Rodrigo (Rex Gothorum) “Ayer era rey de castillos, hoy no lo soy de una almena”.


Quedamos en una Baja Edad Media futbolística que a falta de Cluny o Silos donde refugiarnos sólo nos quedó “Carrusel Deportivo”. Coetáneos de tan llorada pérdida fueron el quinquel, el petromán y la bombilla ratera, protagonistas de la escasez
energética; cantada en una letrilla de una simpática murga: “Esto de la luz / es un cachondeo / a las siete viene y a las ocho no veo. / Por eso mi madre / no quiere pagar / las siete cincuenta / de la electricidad. También desapareció San Sebastián y el Día de los Paseos, y la liara del almidón, claro, y los bastones de feria “vendíos y bebíos”, y los bucaritos, y la sirena de Santamaría, y las medias de cristal con costuras, y los perritos del chiriguay , y el tabaco de cuarterón, y el apretón de mano de los tratos, y el carrillo de las gaseosas y sifones, y el velo y las zancas, y la Cabeza del toro por San Blas, etc. etc. etc.
Con la llegada de la televisión la sierra se pobló de antenas como si de un nuevo arbusto de naturaleza sideral se tratara. Era tanto el impacto que causaron las imágenes de los partidos televisados que ya no era necesario recurrir a los cromos para ver a los ases del balompié. El impacto visual multiplicaba por mil el de la palabra. Recuérdese aquella copla de la chirigota gaditana: “Dice mi prima Carlota / que todas las noches pasa una sofocación / cuando ve a los futbolistas / en calzoncillos dentro de su habitación“.
El asfalto y los seiscientos nos dotaron de una insospechada autonomía que hacía innecesaria una reunión de cincuenta para ir a verlos “al natural”, puesto que con cuatro o cinco completábamos viaje…
Era ya por San Andrés, “cuando el mosto nuevo, vino es” que una noche de tantas, secándonos los bajos del pantalón en la chimenea de “La de Arriba”, comentando la calidad de la cosecha, cuando uno de los tertulianos, cambiando de conversación, nos apuntó la idea de contemplar el último fichaje de un gran equipo. La oportunidad de ver un gran partido se corrió entre nosotros como mácula oleica, e, inmediatamente, se nombró al remitente (encargado de las entradas) y el tesorero, encargado de presupuesto y cuotas. Para más facilidad cada uno depositaría en su hucha la cantidad acordada, como se hacía  antiguamente. Entonces dijiste muy serio a la asamblea preguntando como el de Samaniego murex barbicano: ¿Y quién va a che el chaufer?…¡Pos quién va a ser: este que está en la autoescuela!… Vi que te girabas un tanto para mirarme de frente y me preguntaste muy serio: ¡Oye ninño! ¿es que tú chabe onde está el Benito Villamarín en Cheviya capitá?…y yo, haciéndome partícipe de la jocosa situación, contesté: Muy bien no sé el camino, pero preguntando de venta en venta, es posible que lo encontremos. Y claro, tú que viste que podíamos matar a los dos pájaros de un solo tiro contestaste: ¡Eschtamooo! Que quería decir: nihil obstat.
La verdad es que yo no había asistido a ningún partido contigo, pero sí había oído de tus hazañas deportivas, de tu acentuado beticismo, y sobre todo, inconmensurables y genuinos decires cuando de situación balompédica se trataba.