‘Los ciudadanos de la quinta clase’, por Carmen Morales

Texto: Carmen Morales
Cuando ocurre un suceso tan terrible como el que ha ocurrido hace tres días en un instituto de Barcelona y ninguno de los que nos dedicamos a esta profesión nos sorprendemos mucho, es que algo va mal. Desde hace años, todos sabemos que, de toda la Comunidad Educativa (alumnos, padres, profesores, administración), somos nosotros la parte más frágil, los más desprotegidos. “Ustedes y nosotros, los médicos, somos la Infantería de este país” -me decía la semana pasada mi médico de cabecera, al que fui a pedir remedio para el séptimo catarrazo de este curso.
Desde hace tres días me estoy acordando de que los romanos tenían niveles dentro de la Infantería según el lugar que ocupaban en el campo de batalla. Y en primera fila, sin cascos, sin escudos, sin armas y sin ninguna protección, tirando piedras iban los ciudadanos de la quinta clase. Los utilizaban a modo de pantalla. Eran los primeros en caer, lógicamente. Desde hace tres días, pienso, otra vez, que somos los ciudadanos de la quinta clase. Y quiero que se me olvide.


La tarea de enseñar siempre tuvo mucho que ver con la magia: abrir puertas, ventanas, posibilidades donde antes no las había. Desarrollar la imaginación, la curiosidad, ejercitar la inteligencia, y ayudar a formar la personalidad de futuros hombres y mujeres con autoestima. Así lo hicieron con nosotros algunos de nuestros profesores.
Enseñanza a la defensiva, eso es lo que hacemos en los últimos tiempos. Explicamos Platón, la Generación del 27, la Revolución francesa, la fotosíntesis o las ecuaciones con nuestro “uniforme” mitad Mary Poppins, mitad Guardia de Seguridad (cada vez menos Mary Poppins, más Guardia de Seguridad). Corregimos sus trabajos y exámenes pensando en las repercusiones y reclamaciones (de ellos o de sus padres) y en los inspectores que se quejan del número de suspensos y de nuestra poca habilidad para motivar.
Estamos acostumbrados a oír insultos , descalificaciones (de ellos o de sus padres), sin que nos duelan ya porque sabemos que “son otros tiempos” y “es su forma de hablar”. En ningún caso, por supuesto, esa forma de hablar es extrapolable a nosotros. Si un día se te escapa algo fuera de tono, alguien saca su escuadra y cartabón y te “mide” esa salida de tono, que automáticamente se amplifica y llega a todos los rincones. Enseñanza a la defensiva, insisto. Y así, perdemos todos.
Muchos de nosotros tenemos ya en la memoria algún caso de alumno/a o padre que te ha amenazado con partirte las piernas o esperarte en la puerta de tu casa porque no termina de entender por qué le dices que su examen no se entiende. “No lo entenderás tú” –te dicen. Y ahora atrévete a explicarle qué es “una frase sin sentido”. Lamentablemente, no me ha extrañado saber que la profesora amenazada era de Lengua y Literatura Españolas.
Malos tiempos, desde luego, para la lírica y para todo. Algunas veces hace falta que ocurra algún suceso de este tipo para que tomemos conciencia de qué nos está pasando. Cuando ocurre algo tan grave como esto, no hay un único culpable. Cambios sociales demasiado rápidos que todavía no han asimilado ni padres ni hijos; alumnos con graves problemas mentales no diagnosticados; una administración cada vez más ciega y sorda; la ley del menor, que no es la mejor, de ninguna manera. Y adolescentes desorientados, cada vez más desorientados. No me gustaría estar en el lugar de esta generación tan perdida, tan desmotivada, en general. Ellos no tienen la culpa de lo que han heredado. No me gustaría estar en su lugar, repito.
Pero tampoco me gusta estar en el mío, la mayoría de las veces. Me gusta la Enseñanza pero no de esta manera tan salvaje. A nadie le gusta ser un ciudadano de la quinta clase.