‘Soñadores’, por Casiano López

CUADERNO DE APUNTES
Casiano López Pacheco

Domingo Puerto, en el Museo de la Piel.

Domingo Puerto, en el Museo de la Piel.

Me resulta muy duro hablar de mi amigo Domingo sabiendo, como sé, que su cuerpo aún mantiene caliente los rescoldos de la vida y que ya no está aquí al mismo tiempo. La verdad es que esta faena -como él la llamaría si otro ocupase su lugar- no es un trago agradable. Más bien, es un cáliz amargo que no se va a endulzar en los días venideros, que ya no van a ser igual de ninguna de las formas. Desde el instante en que me he enterado de la trágica noticia- en mitad de una clase- de lo que parecía iba a ser un día normal- a través de mi hermano Carlos- de repente, la atmósfera se ha vuelto irrespirable y hasta la luz me ha parecido que declinaba, perdiendo parte de su fulgor. Un velo, como un sudario espeso me ha empañado el corazón y los ojos y el cielo se ha encapotado vertiginosamente en una señal que certificaba tu abandono de este mundo.

De verdad, de verdad, debe hacer mucha falta Domingo ahí arriba, para que haya tenido que marcharse justamente en Carnavales ( una de sus fiestas predilectas ). Porque Domingo, nuestro Domingo del alma encarnó la alegría personificada, la sal de las comidas y la risa desbocada de cada reunión de la que él formara parte, que no eran pocas: bético, currista y andalucista hasta la médula.
Su lema, su bandera, consistía en que ningún día se perdiera inútilmente por el sumidero del desagüe, sin una sonrisa, sin un chiste, sin una broma. Su forma de pensar se sustentaba en el “ Carpe diem” . Vive el ahora y no dejes pasar la vida delante de tus ojos, sino sumérgete en ella y déjate llevar sin resistencia, superando los obstáculos, las derrotas y las ausencias.
Y se dejó llevar este cadete que recorrió el mundo en el Juan Sebastian Elcano. Como un soñador más que ansía descubrir lo trascendente, lo que se oculta en los pliegues donde nadie mira. Marroquinero, artista, fotógrafo, persona ante todo, siempre buscaba la belleza efímera que nunca ha de perderse, porque- lo sabemos de sobra-, las cosas realmente importantes, no se compran con dinero.
Y Domingo lo sabía. Y por esa razón, su muerte prematura es un precio demasiado elevado para nosotros. En estos tiempos confusos, carentes de poesía y de una luz que nos guie, entre el laberinto de sombras por las que deambulamos, la factura de su marcha se nos hace insoportable.
Con horizontes cada vez más estrechos y con las ilusiones a medio gas, esta jugarreta del destino es una putada sin nombre. En verdad, no va a ser Ubrique el mismo con su ausencia, ni nosotros, que nos quedamos, tampoco. Su perdida es una muesca profunda en los corazones de los que lo queríamos, que somos muchos.
Un corte letal en la coraza que nos protege de los mazazos de la vida. Demasiados arañazos que ya dejan entrever la delicada piel que se esconde debajo. Un golpe certero que nos sorprende porque no habíamos llegado a trazar ni siquiera un plan B por si los hados se torcían. Pensando sobre todo, que si ya había esquivado una vez a la Parca, podría de nuevo, en un quiebro sublime, repetir la hazaña.
Y no sé qué decir, salvo que guardaré mis recuerdos de ti, en un cofre especial en el desván oculto de mi alma donde suelo recluirme a veces. En esa torre aislada, reviviré los momentos inolvidables que pasamos, las risas que compartimos, las miles de copas con que celebrábamos esta vida que se nos dio en préstamo y que jamás pensamos que habría de acabarse, por mucho que la muerte nos visitará en círculos cada vez tan cercanos.
Levanto mi copa por ti, Domingo, y por los tuyos, que te perpetuaran en el tiempo, generación tras generación. Espero que desde ahí arriba, veles por cada uno a los que dedicaste tu generosa amistad, construida de abrazos y besos.
Que el peso de la tierra te sea leve, como le pasa a los grandes que pasan por este teatrillo del mundo del que tú te reías tanto, socarrón y bromista de una pieza, para poder vivir en él sin sucumbir a las penas y las duquelas diarias.
Que tu espíritu, que siempre fue libre, se eleve a lo más alto y se convierta en pura LUZ, que nos llene de esperanza y nos alivie del dolor de tu vacío irreemplazable, que ahora ya es pura memoria, que no dejaremos caer en el olvido, por los siglos de los siglos, amén.
Descansa en paz, amigo.