‘Las horas vacías’, por Casiano López

LOS PARAÍSOS PERDIDOS
Casiano López Pacheco

Quizás porque llueve y el cielo está encapotado y gris, la melancolía se torna de una sustancia inasible a una punzada real que te va devorando pausadamente el corazón. De un liviano velo que no pesa a un tornillo que va apretándose sin cesar. Igual que un invierno crudo y helado en una casa sin chimenea, la niebla avanza. Sin luz, sin el calor del sol, andamos cabizbajos, taciturnos, tristes. Pisoteamos los charcos que reflejan hileras de nubes, eslabones grises, parduzcos y deslavazados, que desfilan despacio entre los espejos rotos del suelo.

Los árboles son agujas desnudas que se elevan a lo alto, levantando sus finos dedos, filamentos oscuros y húmedos que tejen redes donde los sueños quedan atrapados languideciendo hasta morir.
La ciudad es una colmena de cristales perlados por la lluvia, de paredes y escaparates viejos y ventanas cerradas. Dentro, sombras de vida que fueron, sombras de vida que aún son, cruzan habitaciones desoladas sin ecos ni sonidos.
Andamos buscándonos a la desesperada, a ciegas, tropezando una y otra vez. El dolor es el barro con que los días nos modelan. Un desengaño que estremece, una llamada que no llega, un beso que se trunca, un amor que no nacerá.
Allí donde quedamos, guiados por una esperanza ilusa, no aparecerá nadie. Quizás, una lluvia torrencial; una nube solitaria y errante que lleva prendida, con un alfiler de humo, las sílabas de tu nombre, que se desvanecen en la nada.