‘Aniversarios’, por Casiano López Pacheco

LOS PARAÍSOS PERDIDOS
Casiano López Pacheco

Nacía yo con la firme voluntad de mi joven madre, un 22 de noviembre de 1966, exactamente el mismo día que mataban a JFK en 1963, tres años después del magnicidio que aún sigue suscitando preguntas y misterios que con el paso del tiempo se han ido entrelazando e imbricando inexorablemente, tupiendo un enorme brezal, oscuro y denso, impenetrable, del que todavía no se sabe toda la verdad.

Aquel viernes fatídico en el que el Air Force One del presidente aterrizaba en Dallas, el mismo lujurioso e infiel por norma, John F. Kennedy que se atiborraba de pastillas y se acostaba con la seductora y triste Marilyn cuando podía, hombre atormentado y aquejado de graves problemas de espalda, con una salud frágil y tornadiza, le decía a su primera dama y consorte que ese mismo día volarían a una tierra de chalados- presintiendo- que no podría hacer nada si a cualquier pirado se le ocurría pegarle un tiro desde una azotea o una ventana.
Y al igual que Calpurnia, la tercera y última mujer de César no pudo evitar el asesinato de su esposo tras avisarle insistentemente que no acudiera esa mañana de los Idus de Marzo, al Senado, después de una noche tormentosa, llena de malos presagios , pesadillas y augurios funestos, Jackie tampoco pudo desviar los 3 disparos que acabaron con la vida del presidente demócrata, el 35 de la historia, que conserva incólume el halo de mito agrandado por la brecha que abren los años, incluso sin un mandato especialmente relevante.
La nueva Camelot del Rey Arturo que encarnaba divinamente Sir John F, de la dinastía de los Kennedy; el sueño americano que impulsaba a la nación más poderosa del mundo, se vino abajo por el impacto bestial del tercer balazo, que desparramó por el coche, el asfalto y el regazo de la primera dama, una mezcla horrorosa de fragmentos de cráneo, sesos y sangre esparcidos al aire igual que los sueños, los anhelos y las pesadillas de un personaje que marcó una época y cuya prematura muerte lo elevó al Olimpo de los dioses terrenos.
Desde aquel lejano noviembre de hace 50 años, nebuloso e indefinido, serpenteante entre los meandros de la historia y sus cañaverales, que desemboca en este mes sin lluvias que corre ya camino de su agonía, dejando atrás al mismo día 22 donde cumpliré años si Dios quiere, yo también he visto pasar ante mis inocentes-primero- y asombrados-después- ojos, bastantes acontecimientos y sucesos de la más variada naturaleza y he sufrido en mi piel historias personales que jamás repetiría si volviese a nacer y conservarse una sola de las semillas de la memoria indemne.
Y he comprendido, al fin y a la postre, que los hombres son solo hombres que viven perdidos la dualidad del bien y del mal que termina desgastándolos y convirtiéndolos en arena fina que los vientos caprichosos arrastran al capricho del azar. Que los mitos los edifican los demás; que los imperios se derrumban; que nada perdura, ni siquiera el amor salvador del que tanto se espera; y lo que es más triste: España es un lodazal de corruptos de punta a rabo. Un lugar en el que no crecerá la esperanza y la ilusión a corto plazo. Una idea devastadora que vamos asumiendo lentamente.
Con la misma cadencia que un monzón moja las vendas de mi corazón anestesiado por las ausencias, los silencios y los olvidos. Un corazón blindado con los casquillos fundidos de centenares de derrotas e incontables desengaños, tantos como los granos de arena de los desiertos dorados de Libia.