Opinión de Casiano López sobre la despedida de Javier Cabezas como concejal

LOS PARAÍSOS PERDIDOS
Casiano López Pacheco

Javier Cabezas, en un acto de 2011.

Javier Cabezas, en un acto de 2011.

El ex- Alcalde de Ubrique, Javier Cabezas decidió marcharse de la política local al hacer efectiva su renuncia como edil en el último Pleno Municipal ubriqueño, alegando “motivos personales” que le impedían seguir prestando la dedicación necesaria que había mantenido hasta la fecha. En verdad, podría decirse que lo suyo era la confirmación de una marcha anunciada. Después de haber ostentado el bastón de mando durante 8 años, resulta muy duro volver a ser un simple concejal sin responsabilidades visibles, que sepamos. No todos los ex – alcaldes que hemos tenido desde la democracia han tenido la vocación de seguir sirviendo al pueblo con la dedicación y el talante con que por ejemplo lo hizo Emilio Rubiales hasta prácticamente el final de su carrera política, aunque Emilio sentía verdadera pasión por esa labor, igual que el veterano edil José Solano, de IU, aún no sentido el vértigo del aburrimiento y mira que acumula legislaturas a la espalda, en el cumplimiento de una de sus vocaciones.

La mayoría -y no son tantos- tras experimentar en carne propia el desapego de los votantes, fruto de la evolución de su gestión y de la higiénica necesidad de la alternancia, decidieron volver a sus antiguos empleos o fueron recolocados temporalmente en otros menesteres de carácter político, pero ya fuera del escenario local.
Y no se les puede achacar ningún reproche porque de todas las esferas de la política, la municipal es quizás la más sacrificada por el contacto directo con el ciudadano y la repercusión directa que éste experimenta -acribillado a impuestos, por costumbre– y por las decisiones, erradas o acertadas que toma el gobierno municipal. Un electorado, además, que ha dado la oportunidad de regir los destinos del pueblo a todos los partidos desde los independientes de ATI (Agrupación de Trabajadores Independientes ) que al actual PP, aunque no siempre los más votados han sido los que han gobernado como ocurre en tantos sitios donde los cambalaches son habituales.
Aquí, en Ubrique, cuando el PA está prácticamente desaparecido de los escenarios más importantes (Congreso, Parlamento de Andalucía y Alcaldías de la comunidad) todavía sigue manteniendo la llama del andalucismo que llevó a Javier Cabezas a ostentar la Alcaldía en dos legislaturas, culminando así una eterna travesía del desierto llevada a cabo por muchas personas que se quedaron en el camino con no poco esfuerzo y dedicación callada, de los que nadie se acuerda ahora.
El mismo PA que sustenta en la actualidad al Alcalde del PP, con hilos invisibles, que formó parte de su equipo en su tiempo sin que medie ningún pacto de gobierno por medio, ateniéndose a los apoyos puntuales que permiten la gobernabilidad, en una lealtad con fisuras, desavenencias y grietas que se mantiene al fin y al cabo, como antes se hizo al revés, para pesar de las filas socialistas.
Como todos los alcaldes que hemos tenido o sufrido -buenos, malos, regulares y pésimos- Javier Cabezas ha tenido el honor y la responsabilidad de guiar el timón del pueblo en tiempos difíciles, procelosos y complicados. Merece, como los demás, un poco de consideración. Igual que cada uno de los concejales-as electos que han pasado por el Ayuntamiento en cada legislatura y en cada período histórico, pertenecientes a los partidos con representación municipal, muy dignos en el desempeño de sus funciones a pesar de los errores que hayan podido cometer desde el Alcalde al último candidato votado. Errores de bulto, del tamaño de una Plaza de Toros centenaria cuyo polvo no ha terminado de asentarse todavía, 10 años después de su demolición, gracias a una licencia autorizada por el gobierno socialista de entonces y asumida por Javier Cabezas y su gobierno andalucista después, por ejemplo.
Pero para cualquiera que haya detentado mando en plaza un determinado tiempo, cuando se retira, es seguro que provoca alegría a sus enemigos y cierta pena a sus simpatizantes y colaboradores más cercanos. Es ese uno de los precios que conlleva el poder, que siempre acaba pasando factura porque éste deja huellas de lo que se ha hecho.
Personalmente le deseo suerte en lo que haya de ocupar su tiempo ahora en su nueva andadura, liberado de la servidumbre de la política “doméstica” y sigo manteniendo que la política y la vocación pública es propia de hombres honorables, y no del estercolero en que han acabado convirtiéndola los corruptos que han vendido su dignidad y su honra por dinero o por prebendas.
Tiempos hediondos que ni siquiera un gran temporal sería capaz de limpiar y oxigenar.