Rafael Ramos Jaén presenta en Sevilla un libro colectivo sobre la corrupción, en el que se incluye su relato ‘Desheredados’

Rafael Ramos Jaén, durante su intervención en la presentación del libro.

Rafael Ramos Jaén, durante su intervención en la presentación del libro.

El escritor ubriqueño Rafael Ramos Jaén participó en julio de 2013 en Sevilla en la presentación del libro colectivo Andalucía y Extremadura: golpe a la corrupción (11 narradores en clave de cuento). El acto se celebró en la librería Beta de la calle Sierpes de Sevilla. La obra presentada es un  libro de relatos cortos publicado por Editorial Atlantis y en el que participan nueve autores andaluces (entre ellos, Rafael Ramos) y dos extremeños. A través de la modalidad del relato corto «reflejan diversos escenarios con la corrupción como eje central». El relato de Rafael Ramos se titula «Desheredados». Rafael Ramos presentó en 2012 su primera novela, Colapso.

Cubierta del libro.

Cubierta del libro.

Título: DESHEREDADOS
Autor: RAFAEL RAMOS JAÉN
Ubrique (Cádiz)

Pedro movió de sitio varios de los fardos de ropa y enseres que hacían de tabique, a la vez que de restos del pasado y esperanzas de futuro. Un presente sobre despojos de una vida cercenada por un capitalismo insaciable.
-¡Al fin, ya no hay corriente! Y lo que no habrá nunca son goteras. Lo mejor es que me he acostumbrado al ruido de los coches. Hasta el golpear de los neumáticos en la junta de dilatación del puente, que antes me impedía dormir, ahora me adormece como una nana.
Al fondo, la ciudad, carcomida por el desempleo y asqueada de corruptelas, descansaba de sus angustias en el abrazo de la noche. Una de las víctimas del fracasado sistema daba por terminado y perdido un día más, un trozo de camino sin sentido en aquel monetizado hábitat.
-Si no fuera por este saco de dormir ya me habría congelado.
Pedro se movía buscando una posición cómoda para dormir en aquel nido de harapos y recuerdos, pero no era fácil encajar una pieza en un puzle equivocado.
-Le debo la vida a Paco. Él dice que lo traté bien cuando trabajó para mí, igual que a todos. Yo sólo cumplí con mis obligaciones frente a los derechos de mis trabajadores.
Hablar en voz alta espantaba en parte la soledad de aquel empresario arruinado, de aquel padre fracasado y de aquella persona anulada, en medio de los jirones de vida que conformaban su camino sin dirección.
-Menos mal que el chaval encontró trabajo pronto. Y suerte para mí que haya sido en el centro deportivo. Ahí me ducho y hago mis necesidades como en mi propia casa. ¡Y el saco le ha debido de costar una pasta!
Pedro se sentía orgulloso de haber sido honrado con sus trabajadores y ahora bebía de los frutos de esa honradez.
-La misma suerte que Manolo trabajara como cocinero. Aunque sean sobras, pero el chaval me las da bien preparadas y no me faltan. Hasta creo que estoy engordando. Da y recibirás, decía mi abuela cargada de razón.
Aquel ser carcomido por la desesperanza cerró hasta arriba la cremallera del saco y se recostó sobre su lado derecho. Sobre el izquierdo, oprimía demasiado un corazón ya bastante herido. Ante sus ojos somnolientos, ocupando el lugar que antaño llenaba con su calor un rostro entregado de mujer, varias bolsas de plástico de El Corte Inglés, llenas de silenciosas posesiones sin valor, cubrían el espacio.
-Tengo que dejar la charla, mañana he de estar descansado.
Como cada noche, cerrar los ojos era alejarse del presente y saltar al recuerdo de su familia, del que nunca querría despertar. Otras veces, por contra, asaltaban sus sueños pesadillas con los rostros de los banqueros y políticos que le llevaron hasta aquella situación vergonzante. Entonces despertaba sudoroso de rabia y asqueado de los gobernantes.
Una brisa de aire, anunciadora del viento de levante, hizo hablar al plástico de las bolsas. Pedro, dejado de la mano de dios y sumido en un sueño sucedáneo de paz, se acurrucó instintivamente para protegerse de sus miedos.
A las pocas horas, justo cuando disfrutaba de la sonrisa de su hijo al recogerlo del colegio, la bocina inoportuna de un camión lo despertó, regresando al infierno de un nuevo día. Estaba amaneciendo y los ruidos cotidianos de la comunidad en el trajinar de la supervivencia diaria volvían a hacerse presentes. Desabrochó un poco el saco y comprobó en el horizonte que el cielo estaba raso, aunque iba a ser un día frío, uno más en la agonía de la miseria. Hoy tenía previsto cambiar su rutina, lo que le fastidiaba, porque no vería a su hijo entrar al colegio. Cada mañana, lo veía desde lejos, sin hacerse notar. Pensaba que no era plato de fácil comer tener un padre fracasado y arruinado. Por ello, lo evitaba. Tampoco iría al banco desde el que, también de lejos, se avistaba la casa de sus suegros. Cada día pasaba horas allí sentado para contemplar a su esposa cuando saliese.
Al cabo de un rato, tras comer pan duro y unas naranjas, de entre los fardos sacó varios paquetes que metió en una bolsa grande, miró la hora y se puso en marcha.
Por las aceras compartía espacio con sus semejantes, seres separados por el sistema, mezclando sólo roces casuales, pero nunca sensaciones y complicidades, a pesar de estar todos sometidos al mismo yugo. Al poco, llegó a las inmediaciones del centro deportivo donde Paco estaba a punto de comenzar su jornada. Cuando ambos se vieron, como siempre se produjo un cruce leve para no levantar sospechas de la relación que los unía.
-Dentro de veinte minutos por la puerta habitual- fue todo lo que dijo el joven sin pararse y casi sin mirarlo.
-Gracias por la vida, Paco-. Y Paco le regaló una sonrisa.
Al rato, aseado y arreglado más que nunca se dispuso a salir a la calle, pero aquella vez no quiso hacerlo por la puerta habitual del servicio, sino por los lugares habilitados para los usuarios, y comprobar así si su nueva imagen podía producir alguna reacción especial o de sospecha.
-¡Hasta luego, joven!- dijo a Paco, que trajinaba detrás del mostrador de la entrada principal.
-Adiós, señor –respondió el joven, que quedó sobresaltado al ver al emisor de aquella voz conocida.
Pedro, sin inmutarse, continuó su marcha hacia la salida, con los ojos de Paco clavados en su espalda, viendo como aquel señor de traje gris, gabardina beig, calzado caro, peinado perfecto y maletín de piel, cruzaba la puerta del recinto como uno más. Su imagen no causaba extrañeza alguna, más allá de la exquisita elegancia de una persona distinguida.
“Detenidos varios empresarios inmobiliarios dentro del caso de los sobres B”. Ese titular de prensa hizo detenerse a Pedro ante el quiosco para comprar el diario. Con la prensa bajo el brazo tomó un taxi.
-Buenos días. Al edificio del Banco Comercial Popular, por favor.
-Eso está hecho señor- le respondió el taxista con intención servicial.
Por la radio comentaban las cifras recibidas por un grupo de banqueros como indemnización tras su marcha de varias entidades financieras a las que, a pesar de tales retribuciones hirientes para la humanidad, habían arruinado desde su mediocridad.
-¡Qué barbaridad!- fue todo lo que exclamó desde el alma un prudente taxista que no quiso hacer mayor comentario al respecto, para no herir sensibilidades.
-Barbaridad no, robo- respondió Pedro con complicidad, para sorpresa del chófer.
-¿Qué han podido aportar esos señores a la comunidad para recibir tanto de ella?
-No lo están recibiendo, lo están robando- aclaró Pedro.
-Desde luego éstos nada, al contrario, han arruinado a esas entidades con su mala gestión- respondió el taxista al comprobar que tenía vía libre para opinar- .Y me pregunto para qué se quiere tanto dinero si es materialmente imposible de consumir.
-Lo quieren para producir más dinero especulando, que tampoco podrán consumir y con el que volverán a especular, en una espiral absurda de la ambición sin límites. Lo peor es que otros no tienen nada y que ese dinero proviene de esos otros, de personas como usted y como yo, que dejamos los pocos ahorros en manos de tales desalmados.
-¡Con las horas que le echo al taxi para sacar cuatro perras!
-¡Parece mentira que antes hayan sido políticos al servicio del pueblo!- añadió el chófer.
-¡Supuestamente! Sólo supuestamente al servicio del pueblo soberano, pero en realidad a las órdenes de bancos y grandes empresas, de donde proceden o donde acaban recalando. ¡Nosotros los elegimos para que oigan al capital!- le respondió Pedro.
El taxista observó por el retrovisor cómo su cliente miraba especialmente una promoción de viviendas por terminar.
-Lástima de viviendas vacías, con los desahucios que hay cada día.
Pedro no supo qué responder, atascadas las palabras por los sentimientos en tropel que se mezclaron en su garganta con la contemplación de aquellas viviendas, sus viviendas, olvidadas en medio de la necesidad colectiva, como un sarcófago repleto de ilusiones que las ansias de lucro no dejaron florecer.
Al poco comenzó a divisarse la majestuosa fachada acristalada del edificio del Banco, que controlaba con su poderío estético la humildad del resto de edificios y Pedro permaneció con la mirada clavada en el brillo reflejado por el sol sobre aquel rostro de poder, el templo del lucro.
Aún quedaban restos de las protestas del día anterior, pintadas y carteles donde los estafados por las preferentes exigían sus ahorros y pedían una justicia que sabían no estaba de su parte, sino con los estafadores.
-¡Muchas gracias, que tenga buen día! –dijo Pedro al taxista tras pagar el importe de la carrera.
-Lo mismo le deseo, señor, y cuidado si va a tratar con banqueros, no son de fiar –se atrevió a opinar aquel hombre bonachón.
Pedro le regaló una sonrisa de complicidad y salió del taxi.
El directivo, con el terror en su expresión, no se explicaba cómo aquel individuo había podido llegar hasta su despacho y menos con un arma en su poder. Pero aquel lugar no era nuevo para Pedro y conocía los entresijos y el protocolo.
-¡Cálmese y no pasará nada! –le conminó Pedro con voz de mando mientras retiraba despacio el cañón del arma de la sien del directivo. Dos gotas de sudor comenzaron a atravesar el rostro del banquero a lomos de la angustia, perdiéndose por el cuello de la camisa, bien combinada con la corbata de seda y el traje. Una estética concebida para reflejar seriedad y honradez, pero en realidad era una cortina tras la que se ocultaban los más bajos instintos ultra liberales.
-Es curioso que cuando los banqueros ponéis la pistola en la sien de los clientes no os tiembla la mano.
El directivo permanecía sentado en aquel trono, un mundo donde todo estaba tergiversado. Un desahucio era un mero trámite, unos ahorros una simple cifra o un préstamo un activo en el balance. Y sin embargo, fuera de aquel reino del lucro, detrás de cada concepto mercantil había personas, vidas truncadas, sueños en vilo, hambre, fracasos o suicidios. Todo bajo las reglas dictadas por una cuenta de resultados.
-¡Abra el maletín!- ordenó tajante Pedro apoyado sobre la mesa, en una artificial actitud beligerante creada en aquel escenario de guerra.
El banquero tembloroso cogió el maletín de cuero y lo puso sobre la mesa. Con la torpeza de movimientos causada por una situación no controlada, el empleado intentaba abrirlo sin éxito. Acostumbrado a ser el sometedor, aquella situación de sometido había mermado facultades mentales y motrices. Al fin, atinó a abrir las cerraduras.
-¿Por cierto, le suena el modelo? Por este despacho han pasado maletines idénticos, desde mis manos a manos de políticos corruptos, con una naturalidad hiriente admitida como normal y bajo el beneplácito de banqueros podridos. Maletines cargados de efectivo por el propio banco, de dinero proveniente sabe dios de dónde.
El directivo obedecía las órdenes sin decir palabra, espoleado por la mirada rabiosa de Pedro que, a veces, acercaba su rostro a un palmo del rostro de su rehén.
-Saque el álbum de fotos y comience a verlo- ordenó Pedro, pistola en mano, mientras se sentaba al otro lado de la mesa, como tantas veces hizo durante el proceso en el que fue convencido, con buenas palabras, para saltar al foso de su perdición.
-En esa foto estoy con mi esposa y nuestro hijo, en un día de playa de una familia feliz, antes de que ustedes me convencieran para afrontar la promoción que acabó con mi vida.
Las fotografías temblaban entre los dedos del directivo por cuyo rostro seguía chorreando un sudor insostenible, gotas que recorrían una piel tersa, criada entre algodones en el interior de confortables despachos, verdaderos laboratorios en la búsqueda del lucro.
Por el rostro de Pedro también comenzaron a deslizarse gotas de sudor provocadas por una situación indeseada. Pero estas gotas sí encontraban en su recorrido accidentado la aspereza de surcos marcados por el trabajo a la intemperie.
-Mi pequeño negocio funcionaba bien, hasta que encontrasteis mi perfil de persona honesta, con la buena fe por bandera, ideal para vuestros planes de ambición, para los que necesitabais un actor noble que pusiera la cara y corriera con todo el riesgo a sus espaldas. ¿Cómo pude ser tan ingenuo?
-¡Continúa!- ordenó Pedro haciendo sentir de nuevo el frío del cañón sobre la mejilla del directivo, que siguió pasando las hojas de aquel álbum de fotos familiar del que se derramaban sonrisas de gente humilde, mientras sentía la tirantez que le producía el repelús al ponerle la carne de gallina.
-Me lo supisteis vender todo sin resquicios: el banco me aportaba la financiación para la promoción…¡continúa mirando las fotos!, quiero que conozcas mi pasado.
-Vosotros mismos me buscabais los compradores, a los que también financiabais de manera sobrada.
El directivo mezclaba el sabor agrio de unas palabras amenazantes con el dulce de las imágenes de una familia sólida que había crecido sin interrogantes. Al tiempo que aquellas palabras le mantenían el miedo en los huesos, la visión de las fotos, donde aquel hombre aparecía como un buen hombre, le mantenía la esperanza de un desenlace no traumático.
-Ustedes me presentasteis a los políticos que me venderían los terrenos públicos, me pusisteis hasta el precio de las viviendas. Yo sólo ponía el cuello bajo la guillotina de vuestra ambición, no era más que el tablero sobre el que jugar una partida segura.
Con la visión de aquella familia feliz el directivo intentaba ponerse en el lugar del agresor para calibrar la magnitud de sus intenciones y el resultado era desalentador.
-Lo que me sorprende es cómo pude entrar en el juego de las comisiones a los políticos al comprar aquellos terrenos vendidos ilegalmente. ¡Párate ahí!
El directivo había finalizado de pasar las hojas del álbum de fotos y comenzó a repasar documentación variopinta, señales de un camino de final tortuoso.
-Ésa es la primera notificación de desahucio del hogar de la familia que acabas de conocer. Para nada sirvió que llegara incluso a arrodillarme suplicante. ¡Léela!
Con voz balbuceante aquel ser antes todopoderoso leyó algo que tantas veces había pasado por sus manos sin ser leído. La frialdad de la sentencia y la crueldad de la orden de desahucio le resultó escalofriante.
-¿Te gusta esa felicitación? Mi hijo tenía cuatro años, fue la primera felicitación de cumpleaños que me hizo. Tardó toda una mañana en colorearla. Aún recuerdo su sonrisa y emoción cuando me la entregó.
Entre las manos del directivo, una cartulina tamaño folio guardaba una gran obra para su pequeño creador: unas flores amarillas y verdes garabateadas con lápices de colores, sobre un fondo azul, y en un trazo de dificultad infinita la leyenda de “Feliz cumpleaños, papá”.
-¡Todo estaba calculado! Vuestros tasadores sobrevaloraron la promoción para que la financiación cubriera también las comisiones a los políticos. ¡Y lo mejor de la jugada: la compra de preferentes!
Pedro concluyó la frase con los gestos del mago que culmina su truco y de nuevo acercó su cara a la cara del usurero para clavarle su mirada.
-¡Quieto ahí! ¿Sabes qué es eso?- preguntó de pronto Pedro ante unos documentos que pasaban por las manos del ejecutivo, que comenzó a sentir la boca seca y algo de mareo.El banquero afirmó con un gesto de cabeza, noqueadas las cuerdas vocales por el miedo.
-¡Nóminas!, algunas de las nóminas de mis trabajadores que no pude pagar.
La voz de Pedro se volvió oscura, como un nubarrón en verano y se quedó unos segundos en silencio para digerir su rabia, apuntando de nuevo a la sien del directivo, con una mirada de odio que dolía recibir.
-¿Sabes lo que se siente cuando no se puede pagar el jornal a honrados padres de familias que han trabajado duro y de forma leal?- guardó silencio mientras sostenía la mirada suplicante del banquero.
-¡Tú que vas a saber, desgraciado! Vosotros no entendéis de personas, sólo de pérdidas y ganancias.
El banquero apretó todos los músculos ante aquel momento de tensión especial, en el que Pedro se había levantado de la silla y le gritaba echado en la mesa, con el rostro a unos centímetros del suyo. Ambos percibieron el olor agrio del sudor del otro.
-Después, la ineptidud y ambición especuladora de los dirigentes de este nido de ladrones os llevó a la bancarrota, y la promesa de financiar a compradores se esfumó.
Pedro guardó silencio, como si no fuese necesario explicar nada más que no supiera su interlocutor.
-¡Mira esos informes médicos!
Las miradas de ambos se cruzaron desafiantes y Pedro le posó el cañón del arma entre ceja y ceja. El frío del metal llegó a todos los poros de la piel del usurero.
-¡Efectivamente, ansiedad pre-depresiva! Suerte que se quedó en ansiedad. ¡Ahora ni siquiera tengo medios para medicarme! ¡Continúa, banquero!
El directivo continuó caminando por aquellas piezas del puzle que conformaban el pasado reciente de aquel ser amargado y su miserable presente.
-Y claro, yo no pude pagar el préstamo de ese dinero, por cierto creado por vosotros de la nada. Pero a pesar de ser creado por la magia de un mero apunte contable, tenía cuantiosos intereses. O sea, cobrabais una barbaridad sin arriesgar nada, porque no poníais dinero alguno encima de la mesa, sólo humo, sólo un simple registro financiero. Eso sí, con una vergonzosa cláusula de suelo abusiva, pero sin límite de techo. ¡Todo por abajo y nada por arriba! ¡Operación redonda! ¡Mira, mira especialmente ese papel!- ordenó Pedro a fuerza de pistola.
El banquero comenzó a leer en silencio un papel manuscrito y se le erizó el bello. Ante sí tenía una nota de suicidio de Pedro.
-¡La llevo encima! Yo no pude pagar ni a proveedores ni a trabajadores. Este banco se quedó con unas viviendas de lujo acabadas, valoradas esta vez a precio de risa, se quedó con mis bienes particulares y con mi vida. Y a pesar de quedarse con todo, se mantiene la deuda y para colmo, la guinda del pastel: ¡Se quedó con las preferentes que yo compré sin saber qué compraba y que ahora no puedo recuperar! ¡Sois la leche del canibalismo!
Entonces Pedro se sentó, como desvanecido. Permaneció en silencio mirando al banquero. La rabia expresada hasta ahora fue sustituida por una tristeza agria que fluía de su rostro y podía ser olfateada por el usurero. Fuera, la mañana se consumía imparable. Pedro miró su reloj como si esperara la hora de algo. Se levantó, le dio la espalda a su rehén y se dirigió a una ventana que abrió de par en par. El silencio de aquella hermética estancia quedó roto por el ruido de la vida de afuera y el frío conquistó el clima artificial y agobiante de la habitación.
-¡Ven!- ordenó al banquero, que se levantó sumiso y confundido, acercándose despacio y sin dejar de prestar atención a cualquier movimiento de su captor.
-Mira, en esa calle vive la gente normal y honrada. Gente enfrentada por vuestro sistema para vuestro provecho. En esa calle trabajamos, día a día, las personas normales para subsistir, haga frío o calor. En esa calle mendigamos los desheredados por vuestras normas. ¡Mira bien!
El banquero obedeció y desde aquella altura divisó el pulular de miles de almas sobre el asfalto.
-Y sin embargo, todas esas personas caminan al son que marcáis banqueros y políticos, un son muy distante de ellos. ¡Mira si no!
Pedro cerró de pronto la ventana y de nuevo ambos quedaron en otro mundo. El banquero percibió como nunca antes cuál lejos vivía de aquel ruido y de aquel frio de afuera.
-¿Has leído la noticia de las indemnizaciones millonarias a los gerifaltes de esta casa? ¿Por hacer qué? ¿Por llevarla a la ruina?
El banquero no respondió, sólo permaneció en pié, deslumbrado por los oblicuos rayos de sol que atravesaban las cristaleras, muriendo en el intento y llegando adentro desnaturalizados, sin sensación de calor ni vida.
-¿Sabes de dónde sale el dinero de esas indemnizaciones, de las comisiones a los políticos, de vuestros negocios sucios?- Pedro volvió a abrir la ventana y el sonido de la vida inundó de nuevo la estancia enmoquetada.
-¡De sus bolsillos!- gritó enojado señalando la calle y volvió a cerrar la ventana.
-¿Sabes de dónde proceden vuestros beneficios?
-¡De sus bolsillos!- gritó abriendo de nuevo la ventana y cerrándola.
-¿Sabes quién corre con vuestras pérdidas?
-La gente de la calle- respondió abriendo de nuevo la ventana para darle otra bofetada de realidad a aquel ser irreal.
Durante un tiempo, Pedro estuvo abriendo y cerrando la ventana. Con cada apertura, una bocanada de frío recordaba la distancia entre los dos mundos. Al cerrar, la vida de afuera desaparecía en aquel otro mundo de inhumana pulcritud. Abría y cerraba, mostrando cómo la máquina de fuera se manejaba desde ese lugar de dentro; distante, mecánico, matemático, con una sola consigna: el lucro. Abría y sentía la pura vida. Cerraba y observaba, en medio del silencio enlatado, informes de sabe dios qué ratio o qué evolución de índices debajo de los cuales, en la base última de todos ellos, invisible, estaba lo de siempre: la economía real, el sudor de la gente de afuera.
Así permaneció un tiempo indefinido, rescatando la realidad exterior para recordársela a la ficción interior.
-¡Vamos, siéntate!
Ambos volvieron a sus asientos y en la mente del banquero rondaba una pregunta que Pedro exteriorizó a modo de ultimátum.
-¿Y ahora qué hago contigo, señor alto mando del nuevo fascismo?
Pedro lanzó la pregunta apuntando ostensiblemente a la cabeza del rehén, al que notó una expresión de extrañeza tras la catalogación dada de fascista.
-¡Sí fascismo! ¿de qué te sorprendes?- gritó Pedro inclinándose hacia adelante en posición de salir corriendo hacia el banquero.
-Ese fascismo sutil e invisible que ha ido capturando nuestras vidas a oscuras, casi sin notarse: el nuevo fascismo financiero.
El banquero lo miraba a la vez asustado y sorprendido por las reflexiones de su captor.
-Una dictadura que nos ha ido encarcelando y sometiendo a la disciplina del capitalismo extremo, al yugo del consumismo exacerbado e insostenible, que nos ha hecho esclavos del endeudamiento permanente, siervo de los mercados y de la banca.
Pedro descansó de su discurso a gritos y al poco continuó de forma más sosegada, sin dejar de lanzar odio por su mirada.
-Y lo peor: nos ha separado. Nos ha inducido un individualismo excluyente, competidor, ocultándonos nuestra condición innata de grupo humano.
Pedro volvió a callar y de nuevo continuó aún más sosegado, como llegando al final de su protesta.
-Todo en beneficio de unos pocos, poseedores de las riquezas de todos. Un fascismo que ha ido comprando y adoctrinando en su integrismo capitalista a políticos, empresarios, banqueros y cualquiera que pudiera serle de utilidad en su hambre insaciable de lucro y riqueza.
Pedro dejó de apuntar al banquero y se quedó mirando a un punto indefinido, como ausente.
Con las palabras de su captor, el banquero comenzó a ver el verdadero color de sus negocios, el color de la vida humana en la que se sustentaban.
-Hace días que como poco. Tengo los restos que un amigo me da. Pero he perdido el apetito como he perdido la razón de vivir.
El banquero no se imaginaba a aquel elegante individuo, vestido con ropa de calidad, comiendo sobras. Dudaba de sus palabras.
-¿No te lo crees, verdad? Entonces, no te diré bajo qué puente mal vivo, te lo creerás menos.
Pedro dijo la frase con un halo de tristeza que golpeó en el rostro del ejecutivo, tocando la escasa materia humana que había sobrevivido a su formación mercantilista.
-¿Pero sabes qué es lo que más duele de todo este infierno?
El ejecutivo permanecía en silencio pero esta vez fue obligado a responder. Pedro se levantó y le puso la pistola de nuevo en la mejilla, con una presión que dolía, empujado por un enojo recuperado.
-¡Venga banquero listo, responde!, ¿Qué es lo que más duele?
Al fin, la voz del banquero sonó dubitativa. Una voz mecánica y sin tono, amortiguada por el miedo.
-La familia- respondió el rehén con timidez.
-¿Qué? ¡Repite!
-La familia, haber dejado la familia.
-¡Casi, no vas mal encaminado!- respondió Pedro, con muestras de una indignación indomable.
-Lo que más duele es que la imagen que mi hijo tenía de mí se ha derrumbado.
Pedro terminó la frase poniéndose en pie y con voz temblorosa, como sus manos, que hasta entonces habían permanecido serenas.
-Si se hubiese muerto su padre sería diferente, más fácil, menos traumático por natural. Pero no se ha muerto, sino que se ha derrumbado, ha cambiado, lo ha decepcionado, lo ha engañado. ¡Aquel padre era falso!
La frase terminó con un grito de rabia que hizo saltar todas las alarmas del rehén.
-¿Por qué tanta ambición? No puedo entenderlo. ¿Por qué una riqueza por encima de lo humanamente disfrutable?
Pedro se dejó caer en el sillón frente al usurero en un gesto de derrota, dejando de apuntar al banquero.
Por su mente comenzaron a circular rostros de políticos corruptos, empresarios ambiciosos, banqueros cómplices, maquinando para enriquecerse inmoralmente del pueblo cliente, del pueblo elector, del pueblo dócil, adoctrinado, sometido.
-Lo peor es que la riqueza desmesurada de la gente como vosotros, como todas las riquezas, provienen del pueblo, indefenso ante vuestra ambición y la complicidad de las leyes. ¡Maldito sistema!- gritó Pedro, recuperando la fuerza de la rabia y levantándose de golpe, como repuesto en su entereza.
Pistola en mano, corrió hacia la mesa, la rodeó y cogió de la camisa al banquero, que vio cómo aquel ser desquiciado manaba rabia por todos sus poros.
En esa postura, con los rostros rozándose y la pistola en la sien del directivo, permanecieron un tiempo indefinido en el que el silencio disimulaba el ruido de la tormenta que estallaba en ambas mentes.
Al rato, Pedro soltó a su rehén, cerró despacio el maletín, se recompuso el nudo de la corbata y el peinado. Con calma y decisión clara puso el cañón entre las dos cejas del banquero, que abrió los ojos de par en par, más allá de lo imposible, bajo la fuerza de la súplica, con un visible ahogo y un retortijón incontenible.
De pronto, dos lágrimas comenzaron a recorrer las mejillas agrietadas de aquel ser herido de muerte por el sistema. Un llanto silencioso de desesperanza que rebotó en todos los rincones de las entrañas del banquero como un grito demandante de verdadera justicia. Cuando el rehén creyó que había llegado su final, justo antes de lanzar un grito de terror incontenible, Pedro, aún con el llanto silencioso activo, soltó la pistola en la mesa, sobre la que cayó una de las lágrimas. Miró por última vez al banquero, se limpió las lágrimas con la manga de la chaqueta, recuperó su figura elegante y altiva y cogió su maletín.
-¡Mancha de criminales!
Dicho lo cual, se encaminó a la puerta y desapareció de aquel lugar de ambiciones e injusticias, de aquel nido de vergonzosa corrupción.